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Será en Octubre
Ángel Viñas: "Stalin nunca quiso sovietizar España"
El historiador español rebate que el dictador georgiano tuviera un plan para armar una revolución comunista en España. Al contrario, pretendía preservar la democracia, afirma Viñas
La madrileña Puerta de Alcalá decorada con los retratos de los líderes soviéticos Stalin, Litvinov y Voroshilov en octubre de 1937. MUNDO
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Viñas, que empezó a investigar aquello que comúnmente llamamos «el oro de Moscú» en 1974 por encargo del Instituto de Estudios Fiscales, ha publicado media docena de documentadísimos ensayos sobre el entramado económico con el que la República hizo frente al autodenominado Alzamiento Nacional, y regresa a las librerías con Oro, guerra, diplomacia: la República española en tiempos de Stalin, que completa, a partir de nuevas «evidencias relevantes de época», lo avanzado en ¿Quién quiso la Guerra Civil? (2019) y El gran error de la República (2021), todos publicados por la editorial Crítica. «No es una trilogía», aclara, «pero en estos tres libros demuestro que la Guerra Civil no se hizo para impedir una revolución soviética, sino para restaurar la monarquía.
Tampoco recibió la República, en un principio, ayuda alguna de Rusia. El bando nacional, en cambio, obtuvo apoyo militar del fascismo italiano para llevar a cabo el golpe de Estado. La historia se falsificó desde el principio para justificar la sublevación contra la República. En este último libro, demuestro que Stalin nunca quiso sovietizar España».
El dictador georgiano no sólo no quería que nuestro país adoptara el modelo soviético, sino que estaba particularmente interesado en que el Gobierno de Manuel Azaña se mantuviera dentro de unas coordenadas democráticas, según Viñas. A finales de 1936, Stalin indicó a su recién instaurado embajador, Marcel Rosenberg, que debía limitarse a dar «consejos» al Gobierno republicano. De la misma manera, le insistió a Marcelino Pascua, embajador en Moscú, que «era imprescindible que no se instaurara en España un régimen parecido al ruso». La República debía mantener el libre comercio, detener las colectivizaciones y cuidar de los campesinos. Incluso abogaba por llegar a un entendimiento con los anarquistas, que Azaña consideraba como el «cáncer de la República», y concluyó: «Con un régimen parlamentario y democrático las posibilidades son mucho mejores». Obviamente, no era cuestión de ideología, sino de estrategia. Stalin todavía albergaba esperanzas de hacer frente al enemigo común junto a las democracias europeas. Los acuerdos de Múnich, en 1938, cuando Francia e Inglaterra pactaron con Hitler, le obligaron a cambiar de parecer.
Descubrimiento de una placa que renombra la anterior Avenida de Rusia en el XX aniversario de la Revolución soviética.EFE
Pero, en 1936, la política de no intervención en la Guerra Civil de Inglaterra y Francia, motivada por el deseo de evitar una nueva guerra mundial, había dejado aislada a la República, que «no podía comprar armas en los arsenales europeos. Se dirigió a todos los países excepto Italia, puesto que, en julio, ya había aviones italianos en jovenlandia», recuerda el historiador. En Oro, guerra, diplomacia, Viñas relata el lento acercamiento diplomático entre la República y la URSS: «Un territorio en el que la fantasía se ha desmadrado», recalca con sorna. «Para Stalin, era vital abrir una embajada en España, porque no entendía nada de lo que estaba ocurriendo aquí. El libro también marca el comienzo y el final de la ayuda soviética, sobre lo que hay múltiples interpretaciones y todas erróneas».
Los rusos simplemente permitieron que «la República pudiera comprar armas en Rusia y en el mercado neցro con las divisas obtenidas gracias a la venta del oro». El oro también se utilizó «para financiar todo el comercio exterior, porque tenían que importarlo casi todo: el granero español estaba en manos de los nacionales, mientras que las grandes ciudades seguían en el republicano, y había que alimentarlas». Uno de los muchos problemas consistía en que el Banco de España apenas tenía divisas: «Estaba casi todo en monedas de oro y algunos lingotes, y con eso no se puede comer, ni se puede pagar nada». Así, una parte del oro fue a parar a Francia (2.200 cajas), que mantuvo «una postura más ambigua que Inglaterra», y la mayoría (7.800 cajas) se trasladó a Cartagena. De ahí zarparon rumbo a Odesa, el 25 de octubre de 1936, cargadas en cuatro barcos soviéticos: el Kubán, el Nevá, el Kim y el Volgolés. En cada uno de ellos viajaba un funcionario español para controlar todo el proceso. Una vez en la URSS, «hubo que fundir las monedas en lingotes, para poder convertirlos en divisas».
Según Viñas, en contra de lo que cuenta la leyenda, el deposito terminó agotándose antes del final de la guerra. Los republicanos incluso se vieron obligados a pedir crédito. «Durante el periodo soviético, los rusos llegaron a decir que la República les había dejado a deber 50 millones de dólares, y eso es imposible: ¡No salen las cuentas!», exclama Viñas. «Como máximo, puede ser que no llegara a pagarse una parte de los últimos envíos, porque el material bélico se quedó en Francia. En cualquier caso, los rusos nunca han publicado ninguna documentación que justifique esa deuda». Para Viñas, la Historia se revela a través del concienzudo estudio de «los papeles. En cuanto a la Guerra Civil, muy pocos los han examinado a fondo. En España, soy el único. En el extranjero quizás haya dos o tres, que cito en el libro».
Una vez más, Oro, guerra, diplomacia no es un intento de rehabilitar a Stalin. Es más, Viñas apunta que la ayuda que la URSS brindó a la República discurrió en paralelo a las tristemente célebres purgas, con las que desaparecieron más de 750.000 personas. Entre ellas llegó a figurar el depuesto embajador Rosenberg, acaso por no haber seguido al pie de la letra las consignas en España. Y de ese paralelismo extrae Viñas una interesante conclusión: «Al ver que en nuestro país se había sublevado una parte del ejército, de las fuerzas de seguridad y de la burocracia, igual pensó: ¡Esto me podría pasar a mí! Aunque también es cierto que su paranoia le venía de largo», sentencia el autor.
El historiador español rebate que el dictador georgiano tuviera un plan para armar una revolución comunista en España. Al contrario, pretendía preservar la democracia, afirma Viñas
La madrileña Puerta de Alcalá decorada con los retratos de los líderes soviéticos Stalin, Litvinov y Voroshilov en octubre de 1937. MUNDO
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- PHILIPP ENGEL
Barcelona
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Viñas, que empezó a investigar aquello que comúnmente llamamos «el oro de Moscú» en 1974 por encargo del Instituto de Estudios Fiscales, ha publicado media docena de documentadísimos ensayos sobre el entramado económico con el que la República hizo frente al autodenominado Alzamiento Nacional, y regresa a las librerías con Oro, guerra, diplomacia: la República española en tiempos de Stalin, que completa, a partir de nuevas «evidencias relevantes de época», lo avanzado en ¿Quién quiso la Guerra Civil? (2019) y El gran error de la República (2021), todos publicados por la editorial Crítica. «No es una trilogía», aclara, «pero en estos tres libros demuestro que la Guerra Civil no se hizo para impedir una revolución soviética, sino para restaurar la monarquía.
Tampoco recibió la República, en un principio, ayuda alguna de Rusia. El bando nacional, en cambio, obtuvo apoyo militar del fascismo italiano para llevar a cabo el golpe de Estado. La historia se falsificó desde el principio para justificar la sublevación contra la República. En este último libro, demuestro que Stalin nunca quiso sovietizar España».
El dictador georgiano no sólo no quería que nuestro país adoptara el modelo soviético, sino que estaba particularmente interesado en que el Gobierno de Manuel Azaña se mantuviera dentro de unas coordenadas democráticas, según Viñas. A finales de 1936, Stalin indicó a su recién instaurado embajador, Marcel Rosenberg, que debía limitarse a dar «consejos» al Gobierno republicano. De la misma manera, le insistió a Marcelino Pascua, embajador en Moscú, que «era imprescindible que no se instaurara en España un régimen parecido al ruso». La República debía mantener el libre comercio, detener las colectivizaciones y cuidar de los campesinos. Incluso abogaba por llegar a un entendimiento con los anarquistas, que Azaña consideraba como el «cáncer de la República», y concluyó: «Con un régimen parlamentario y democrático las posibilidades son mucho mejores». Obviamente, no era cuestión de ideología, sino de estrategia. Stalin todavía albergaba esperanzas de hacer frente al enemigo común junto a las democracias europeas. Los acuerdos de Múnich, en 1938, cuando Francia e Inglaterra pactaron con Hitler, le obligaron a cambiar de parecer.
Descubrimiento de una placa que renombra la anterior Avenida de Rusia en el XX aniversario de la Revolución soviética.EFE
Pero, en 1936, la política de no intervención en la Guerra Civil de Inglaterra y Francia, motivada por el deseo de evitar una nueva guerra mundial, había dejado aislada a la República, que «no podía comprar armas en los arsenales europeos. Se dirigió a todos los países excepto Italia, puesto que, en julio, ya había aviones italianos en jovenlandia», recuerda el historiador. En Oro, guerra, diplomacia, Viñas relata el lento acercamiento diplomático entre la República y la URSS: «Un territorio en el que la fantasía se ha desmadrado», recalca con sorna. «Para Stalin, era vital abrir una embajada en España, porque no entendía nada de lo que estaba ocurriendo aquí. El libro también marca el comienzo y el final de la ayuda soviética, sobre lo que hay múltiples interpretaciones y todas erróneas».
Los rusos simplemente permitieron que «la República pudiera comprar armas en Rusia y en el mercado neցro con las divisas obtenidas gracias a la venta del oro». El oro también se utilizó «para financiar todo el comercio exterior, porque tenían que importarlo casi todo: el granero español estaba en manos de los nacionales, mientras que las grandes ciudades seguían en el republicano, y había que alimentarlas». Uno de los muchos problemas consistía en que el Banco de España apenas tenía divisas: «Estaba casi todo en monedas de oro y algunos lingotes, y con eso no se puede comer, ni se puede pagar nada». Así, una parte del oro fue a parar a Francia (2.200 cajas), que mantuvo «una postura más ambigua que Inglaterra», y la mayoría (7.800 cajas) se trasladó a Cartagena. De ahí zarparon rumbo a Odesa, el 25 de octubre de 1936, cargadas en cuatro barcos soviéticos: el Kubán, el Nevá, el Kim y el Volgolés. En cada uno de ellos viajaba un funcionario español para controlar todo el proceso. Una vez en la URSS, «hubo que fundir las monedas en lingotes, para poder convertirlos en divisas».
Según Viñas, en contra de lo que cuenta la leyenda, el deposito terminó agotándose antes del final de la guerra. Los republicanos incluso se vieron obligados a pedir crédito. «Durante el periodo soviético, los rusos llegaron a decir que la República les había dejado a deber 50 millones de dólares, y eso es imposible: ¡No salen las cuentas!», exclama Viñas. «Como máximo, puede ser que no llegara a pagarse una parte de los últimos envíos, porque el material bélico se quedó en Francia. En cualquier caso, los rusos nunca han publicado ninguna documentación que justifique esa deuda». Para Viñas, la Historia se revela a través del concienzudo estudio de «los papeles. En cuanto a la Guerra Civil, muy pocos los han examinado a fondo. En España, soy el único. En el extranjero quizás haya dos o tres, que cito en el libro».
Una vez más, Oro, guerra, diplomacia no es un intento de rehabilitar a Stalin. Es más, Viñas apunta que la ayuda que la URSS brindó a la República discurrió en paralelo a las tristemente célebres purgas, con las que desaparecieron más de 750.000 personas. Entre ellas llegó a figurar el depuesto embajador Rosenberg, acaso por no haber seguido al pie de la letra las consignas en España. Y de ese paralelismo extrae Viñas una interesante conclusión: «Al ver que en nuestro país se había sublevado una parte del ejército, de las fuerzas de seguridad y de la burocracia, igual pensó: ¡Esto me podría pasar a mí! Aunque también es cierto que su paranoia le venía de largo», sentencia el autor.