La última vez que estuve en Méjico, creo que en 2018. Volvía a España. Entro en el aeropuerto, me van a pasar la maleta por el primer scanner de seguridad y me pide una señorita vestida de uniforme que pulse el botón que hay en un pupitre. Se enciende la luz verde y me deja pasar después de scannear la maleta. Le pregunto, oiga, ¿qué pasa si se enciende la luz roja? y me dice: entonces, buena suerte. Nos reímos los dos y me marcho a facturar.
Tengo el record en acabar las hojas de un pasaporte teniendo dos. Jamás de los jamases me han dicho ni pío en ninguna parte. Me han abierto el equipaje, me han preguntado mil cosas, pero nunca he tenido ningún problema serio, de más de 10 minutos. En un aeropuerto es todo una cuestión de actitud. Coincidí en un viaje de la Cámara de comercio con alguien que había estado en una misión comercial en Tel Aviv unos meses antes. A otro de aquella misión que se puso orate en la aduana le metieron hasta el dedo por el pandero.
Me han sacado de un avión estando ya montado por overbooking con otras personas. Salgo, voy al mostrador sonriente, le digo a la muchacha lo que hay y que si me pueden ayudar. Me cambian el vuelo, me dan un vale para tomar algo gratis en la cafetería. Agradezco, sonrío y al volver reclamo una indemnización. A la par que a mi sacaron a unos italianos que montaron en el mostrador un pollo de cigotones. Creo que aún estarán allí esperando el avión desde 1997 que pasó esto.