Al menos hasta el siglo XX. Cuando la competencia es fuerte. (Ignacio Olague, César Vidal, Instituto Nova historia de Catalunya...)
Jerónimo Román de la Higuera, de profesión historiador, fue el príncipe de todos estos mentirosos y por eso tardaron siglos en cogerlo. Concretamente los que van desde su gloria en 1611 hasta el siglo XVIII, cuando alguien consiguió demostrar definitivamente que los descubrimientos y transcripciones que este jesuita toledano hizo de varios autores latinos y medievales son, en realidad, falsificaciones. Y qué falsificaciones, señora. Daban el pego completamente.
Espectacular, claro, según los códigos de finales del siglo XVI. Una de sus sensacionales trolas, por ejemplo, fue que los gobernantes de Irlanda, Escocia e Inglaterra descendían de unos remotos monarcas hispanos de los que nadie más que él —qué cosas, oye— parecía tener noticia. Otra que también fueron de origen nacional una gran colección de santos, mártires y obispos —prácticamente todos aquellos a quienes no se les conocía patria—, amén de varios personajes secundarios de la Biblia y otros que llegaron a entrevistarse con
Alejandro Magno, ahí es nada, y a presenciar la gloria de Jesús. Otra que Toledo fue fundada por Hércules e invadida por judíos procedentes de Babilonia. Otra que los griegos que huyeron de Troya tras su derrota poblaron Galicia y dieron lugar a varias estirpes ilustres de España, entre ellas —je— la del propio Román de la Higuera. Otra que en cierta ocasión se levantaron tres soles sobre la península Ibérica. Otra que el rey visigodo
Leovigildo se convirtió al catolicismo en el siglo VI, precisamente cuando España era uno de los últimos bastiones del arrianismo. Otra que en el país nunca hubo luciferianismo, una doctrina católica que no solo prendió en España, sino que de nuevo tuvo en el reino su último gran bastión. Y así, una detrás de otra durante toda una vida consagrada al estudio de la historia. Llámese estudio, llámese inventársela.
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La obra maestra del padre Román de la Higuera fue el
Chronicon Omnimodae Historiae, que presentó en sociedad en 1594. Era un texto de
Flavio Lucio Dextro —un autor latino del siglo V natural de Barcelona— cuyos fragmentos había descubierto en Alemania y que había copiado y puesto en circulación, por cierto con gran éxito. Parecido le ocurrió con textos de
Máximo de Zaragoza —un obispo del siglo VII— y un tal
Eutrando o
Luitprando, un religioso toledano del siglo X del que hasta entonces no existía noticia. En los valiosísimos volúmenes inéditos rescatados por Román de la Higuera, los datos aportados por estos autores de diversos siglos pintaban un cuadro evidente para cualquiera capaz de leer entre líneas: el de una España nacional en tiempos incluso de Roma, de integridad cristiana inquebrantable incluso pocos años después de morir Jesucristo y llamada por esto a jugar el papel principal en el concierto de las naciones. Avalado por ellos, Román de la Higuera incluso escribió un libro, la
Historia eclesiástica de la imperial ciudad de Toledo, en el que interpretaba y pasaba a limpio las ideas contenidas en los textos históricos que había descubierto y le enmendaba la plana a grandes historiadores consagrados.
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Sus fuentes solo tenían una pega: se las había inventado. De al menos una de ellas —Eutrando— no hay constancia siquiera de que existiese y de las otras dos no legó sus textos, sino falsificaciones de los mismos hábilmente reelaboradas a partir de terceros autores y aderezadas con sus propias invenciones. Del
Chronicon de Dextro se cree —y solo se cree, porque vete tú a saber— que sí pudo disponer de una copia, aunque se conoce que no le gustó lo que decía y por eso la copió mejorada con sus propias ocurrencias, que por cierto no eran inocentes.
Gregorio Mayans, erudito y uno de los que más lucharon en el siglo XVIII contra las leyendas vertidas dos siglos antes por Román de la Higuera, escribió sobre estos volúmenes que «el Padre Higueras quitò de ellos muchas cosas, añadiò otras muchas, variò no pocas torciendo el sentido, i las ordenò a establecer el Primado de la Iglesia de Toledo desde el principio de la Iglesia Universal, ocultando este fin con la mezcla de muchas cosas pertenecientes a toda España, i engrandeciendo, i alargando los Chronicones con la introduccion de falsos Ciudadanos». Ahí es nada.
No fue Mayans, sin embargo, quien desenmascaró definitivamente al impostor, sino
Nicolás Antonio. Este bibliógrafo y estudioso le dedicó al jesuita un magnífico volumen titulado
Censura de historias fabulosas escrito al efecto de «encender una Luz a los ojos de las Naciones Politicas de Europa», recurriendo a sus propias palabras, «que claramente les dè a ver los engaños que ha podido introducir en ella la nueva invencion de los Chronicos de Flavio Dextro, i Marco Maximo, i los de Luitprando, i
Julian Perez, con los demàs que se les atribuye, fingidos en el todo, o en la mayor parte, con sacrilega temeridad». No llegó a publicarse durante la vida de Antonio pero Gregorio Mayans lo rescató y publicó póstumamente en Valencia en 1742. Por cosas como esta recordamos al segundo como un novator, uno de los pioneros de la Ilustración en España.
En su
Censura de historias fabulosas, Antonio hace un gran trabajo poniendo el embeleco en evidencia, en particular si tenemos en cuenta que no dispuso de una copia auténtica del
Chronicon de Dextro y de los demás textos, sino solo de «los demas egemplares que el mismo Higuera esparció, i autorizò, como conformes a su original, del qual diferenciavan notabilissimamente». Tirando solo de su propia erudición —no es que pudiera hacer otra cosa a finales del siglo XVI—, Antonio llegó incluso a pormenorizar qué fragmentos concretos del texto podrían ser reales y cuáles le había querido colar el infeliz jesuita a la posteridad. Veamos un ejemplo.
El lugar de Flavio Dextro se lee hoy, que es el que se sigue: pero con una addicion de tan mal consejo, que a cualquiera leido en Historias le parecerà, que tiene cogida la mano, del que secretamente la puso en los originales (si huvo algunos) de aquel Autor.
Gratianus Imperator Cathecumenus VIII. Kalendas Septembris occiditur. Hasta aqui pudo decir Dextro. Lo que le sigue ya tiene los colores, que èl no le puso, ni pudo poner.
Flavius Maximus, Vir Catholicus tyrannice a militibus Imperator Galliae, Angliae et Hispaniae salutatur. Inglaterra en èste tiempo se llamava Britannia: I no solo en ese tiempo, sino aun en el que vivia Dextro.
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Es un error rellenito, salta a la vista. Dextro jamás habría denominado «Anglia» a Gran Bretaña, ya que la isla comenzó a recibir ese nombre solo tras la oleada turística anglosajona, que se completó después de su gloria. Aunque al jesuita del siglo XVI le resultó relativamente sencillo impostar el estilo y la gramática del latín que hablaba Dextro en el siglo V —parecido ya al que fosilizó como lengua culta de la Iglesia—, los pormenores históricos le patinaban algo más. Por suerte.
La mayoría de pruebas contra Román de la Higuera, sin embargo, no están en sus falsificaciones del
Chronicon y de otros textos, que de hecho resistieron el análisis durante siglos y contaron incluso con
defensores —como el historiador
Juan Tamayo de Salazar, falsificador él mismo de otras piezas históricas—. El verdadero error del jesuita fueron sus libros de historia, en los que invocaba constantemente estos textos fraudulentos para dar cuerda a sus hipótesis por estrafalarias que sonasen, convencido de que nadie pondría en duda la autoridad de sus presuntos autores. Tanto que, por ejemplo, se permitió pintarlos tan antisemitas como él mismo, algo que chirría por una cuestión muy simple: si el repruebo de los cristianos hacia los judíos «y la abominación que hacian los hebre*os, del trato, i la conversacion con los Gentiles» era algo común en la España del XVI, no lo era en la Hispania del siglo V. Pero ni mucho menos.
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Al impostor, sin embargo, no le tembló la pluma al embarcar a estos autores en sus opiniones estrambóticas, la mayor de las cuales expuso en su
Historia Eclesiástica de la imperial ciudad de Toledo y rezaba que la ciudad no había sido fundada por judíos, sino invadida por ellos. En el siglo XVI esto constituía, en efecto, una tesis estrambótica, ya que la teoría más aceptada entonces sobre el origen de la ciudad era que había sido fundada durante
la cautividad de los judíos en Babilonia por un contingente hebreo liderado por
Rodorán —un nieto del mismísimo Noé— y dirigido personalmente por el rey babilonio, Nabucodonosor. No era cierto, pero era lo que los historiadores eclesiásticos convenían.
A Román de la Higuera, sin embargo, no le gustaba el componente semita de esta hipótesis y la cambió ligeramente, pero lo suficiente como para borrar la esencia judía de la capital. Ahora Toledo la había fundado el mismísimo Hércules —a su paso por la península Ibérica durante sus legendarias doce pruebas, se entiende— y fue poblada después por personas procedentes del cautiverio de Babilonia pero no judías, sino gentiles, y no durante el cautiverio, sino después, cuando Persia liberó Babilonia. Aunque admite que grandes autores de historia avalan la tesis de Nabucodonosor, el padre Román de la Higuera asegura que «se puede probar con muy buenos fundamentos que jamas con èl vinieron hebre*os, ni por aventureros ni por Soldados», y que sí lo hicieron más tarde, cuando la ciudad ya existía, dirigidos por un enigmático capitán persa. Que la invadieron, vamos.
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La jugada perseguía un objetivo doble, como todo cuando se trata de este hombre que deontología no conocía ninguna, pero contaba con una inteligencia brillante. Además de negar una presunta naturaleza hebrea de Toledo, Román de la Higuera pretende así desacreditar a estos historiadores consagrados que favorecían la tesis, muchos de los cuales —atención, sorpresa— eran judíos, como
Josefo, del siglo I, o
Juliano de Toledo, obispo del siglo VII de ascendencia semita.
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