Bitcoins, la fiebre del oro virtual
Bitcoins, la fiebre del oro virtual
21-01-2018
- Ha creado milmillonarios inesperados y trae de cabeza a bancos y gobiernos de medio mundo. ¿Es segura esta criptodivisa o es la mayor burbuja especulativa de la historia?
El actor Ashton Kutcher tiene tanta capacidad para los negocios como para atraer al público. El mayor ejemplo no es el contrato de 20 millones de dólares anuales que consiguió en 2011 por sustituir (y superar en audiencia) a Charlie Sheen al frente de Dos hombres y medio, sino lo que hizo con ese dinero y todo el que había ganado anteriormente: multiplicarlo más de ocho veces; casi siempre invirtiendo en lo que hoy son grandes nombres: Uber, Airbnb, Spotify, Skype… Uno de sus últimos descubrimientos, allá por 2013, fue una joven moneda digital llamada bitcoin (BTC). Una “revolución”, como explicaba él en una charla sobre futuro y disrupción, cuando el valor de esa criptodivisa rondaba los 95 euros por unidad.
Cuatro años y medio después, ese dinero virtual supera ya los 11.000 euros por unidad, y subiendo (al cierre de esta edición), en mercados de divisas ajenos al control bancario o gubernamental. Casi el doble que hace un par de meses. Diez veces más de lo que valía a principios de año y 100 veces más que cuando Kutcher lo mencionó en público por primera vez. Casi 15 millones de veces más que en octubre de 2009, cuando empezó a moverse entre Internet y el mundo físico. Analistas como el danés Kay Van-Petersen, de Saxo Bank, advierten de que su valor puede “llegar fácilmente a los 100.000 dólares” en menos de una década. Tanto inversores anónimos a pequeña escala como tiburones financieros se pelean por acumular el máximo número posible de algo intangible: dinero en forma de datos.
Las historias de éxito que rodean a esta moneda suenan a fábula. Los gemelos Winklevoss, por ejemplo, se han convertido en milmillonarios tras una inversión en 2013 de menos de 10 millones de euros. Los dos hermanos, finalistas olímpicos de remo con Estados Unidos y emprendedores desde que llegaron a Harvard, eran hasta hace unos días más conocidos por ser los enemigos de Mark Zuckerberg, el creador de Facebook. Su enfrentamiento con Zuckerberg les garantizó dinero suficiente para comprar casi 100.000 bitcoins, un botín que les ha llevado hasta la élite de los ultrarricos y que les ha hecho propietarios de un mercado de compraventa de esta divisa donde cualquiera puede acudir a invertir. Uno de los muchos que pueblan Internet.
Nada en la historia de la humanidad se ha revalorizado tanto ni tan deprisa, y en su existencia “está el potencial para cambiar el sector financiero del planeta de una forma que no podemos imaginar”. La frase es de Amber Baldet, una brillante desarrolladora tecnológica de cabello teñido de jovenlandesado y opiniones punzantes en las redes sociales capaz de llevar la contraria al mayor banquero de inversión del planeta: Jamie Dimon. El máximo dirigente de JP Morgan, el banco de inversión más importante del mundo, opina que los bitcoins son la mayor burbuja especulativa de nuestra historia, y el trabajo de Baldet en esa institución financiera es entender de qué va todo esto del bitcoin, la moneda sin bancos cuyas unidades salen literalmente de la nada y que el 3 de enero de 2018 cumple nueve años de vida.
Una Divisa Virtual Creada por un Fantasma
En enero de 2009 nadie habría invertido en bitcoins. No valían nada, solo eran un experimento entre especialistas de seguridad y encriptación informática: el arte de hacer seguros los datos y ocultar la información a terceros; la base misma de esta ciencia.
Los ordenadores como los conocemos hoy se remontan a las creaciones e ideas de Alan Turing durante la Segunda Guerra Mundial para romper los códigos secretos nancys. En la actualidad, a quienes trabajan en esa área de la informática se les llama criptógrafos. Dos de ellos, Hal Finney y Satoshi Nakamoto, fueron los primeros en intercambiar bitcoins, creados por el segundo. La idea de Nakamoto era inventar “un sistema de transacciones electrónicas entre iguales no basadas en la confianza [...] fuera del control de las instituciones financieras”. Una forma de usar el dinero que no dependiera de bancos o Estados o de la buena voluntad de las partes. Una divisa apoyada en la potencia de Internet, donde procesadores de todo el planeta verificasen la existencia y la seguridad de la moneda y los pagos efectuados con ella.
Le preguntaríamos a Nakamoto sobre su invento, pero hay un problema: no es un nombre real, sino un seudónimo. Hoy en día nadie sabe a ciencia cierta si Satoshi Nakamoto es una persona o varias, tampoco su origen o su destino después de desencadenar su creación sobre el mundo. Nakamoto, cuya presencia solo existía en foros digitales y listas de correo electrónico, desapareció de Internet sin dejar rastro hace unos años. De él solamente quedan los bitcoins.
Le preguntaríamos a Finney, pero hay un problema: está perecido. Su cuerpo empezó a fallar el año en el que se crearon los bitcoins (padecía ELA, la enfermedad que sufre Stephen Hawking) y falleció en 2014. Sus monedas, tanto las primeras que se intercambiaron como las que acumuló gracias al funcionamiento del sistema, sirvieron (cuando todavía valían entre 95 y 120 euros) para pagar el equipo que necesitaba para seguir programando mientras su cuerpo dejaba de responder, su tratamiento médico y, al final, el coste de criogenizar su cuerpo. Si algún día la ciencia consigue revivirle, tal vez pueda contarnos quién era Nakamoto. O incluso si él mismo formaba parte de esa identidad fantasma.
Los bitcoins se parecen un poco a Nakamoto: están rodeados de secretismo, solo viven en Internet y no existen del todo. Es algo que puede sonar confuso hasta que reparamos en que los euros tampoco existen: creemos en ellos y en su valor, porque el Banco Central Europeo lo dice y el resto de bancos y los ciudadanos y las empresas participamos en la narración. El caso bitcoin es un poco distinto. En vez de billetes y monedas, tenemos un archivo gigante llamado wallet.dat (cartera), donde residen unas claves alfanuméricas kilométricas que acreditan —como hace el papel moneda en el mundo real— que uno tiene bitcoins y cuántos.
Cada vez que alguien, en alguna parte del mundo, comercia directamente con bitcoins, un gran número de ordenadores de voluntarios se ponen en marcha para evitar el embeleco, respaldar las operaciones y garantizar la seguridad mediante un sistema llamado blockchain, una especie de lista de transacciones cada vez más grande, donde se recoge toda la historia de cada criptodivisa.
“Imagina —me explica R., un ingeniero informático en una startup financiera que prefiere no dar su nombre— que cada vez que sacases un billete de un cajero, viniese con una lista que garantiza que es de curso legal y por cuántas manos ha pasado desde que se imprimió hasta que llegó a ti. Y que incluye a todos los billetes de todos los cajeros y a todos los bolsillos. Eso es, más o menos, el blockchain. Puedes gastarlo en lo que quieras, y cuando alguien te pague algo con otro billete, también vendrá acompañado de esa lista. No hace falta un banco central que certifique su origen: el propio billete es parte de la lista, donde se recogen todos los bitcoins que en ese momento existen y quiénes son sus últimos propietarios”.
Pioneros de la Fiebre del Oro Virtual
Encargarse de validar toda esa lista (en teoría, cada 10 minutos) es el gran problema matemático en el que colaboran ordenadores de todo el mundo. Nakamoto diseñó el sistema para que hubiese una recompensa para los voluntarios que trabajan en ello. Si los bitcoins son oro virtual, colaborar con el blockchain puede tener una recompensa en forma de pepitas virtuales: bloques de nuevas monedas para alguno de los voluntarios. Por eso, a la contribución a esa gran lista se le llama “minería”. De todos los participantes, alguien, cada poco tiempo, recibirá nuevos bitcoins salidos de la nada. Cada vez menos, cada vez con más dificultad, cada vez más parecido a un juego de azar que a un éxito seguro. Pero cada vez más atractivo: 50 bitcoins (la recompensa original en 2009) valían tres céntimos de euro. Hoy un bitcoin vale 400.000 veces más.
El mejor símil de esa carrera para hacerse con nuevos bitcoins “gratis” está en la fiebre del oro californiana de 1848. Cuando el pionero Sam Brannan recorrió las calles de San Francisco con una botella con pepitas y escamas de oro mientras gritaba: “¡Oro! ¡Oro en el río de los Americanos!”, California cambió por completo. Cientos de miles de familias se plantaron en el pequeño territorio exmexicano, ni siquiera un Estado entonces, e invirtieron todos sus ahorros en convertirse en pequeños prospectores. La mayoría de ellos se arruinó.
Finney fue, sin pretenderlo, el Brannan moderno. Entre la prueba de Nakamoto y esas primeras contribuciones al blockchain, Finney consiguió varios cientos de bitcoins y en 2013 describía de esta forma aquella tosca minería original: “La red bitcoin funcionaba de manera bastante estable, así que la dejé en marcha. En aquel momento, la dificultad era inexistente y podías conseguir nuevos bloques [de bitcoins] con un simple ordenador, ni siquiera hacía falta un equipo especial [para conectarte a la red y dedicar todo tu procesador a resolver problemas]. Conseguí varios bloques durante unos días, pero apagué mi ordenador porque se calentaba muchísimo y el ruido del ventilador me molestaba. Ojalá hubiera seguido, sí, pero por otro lado tuve muchísima suerte de estar allí en los inicios”.
Finney y los que le siguieron dejaron la idea en el resto del mundo de que uno puede conseguir oro bitcoin de la nada, pero no vivió lo bastante para hacerse rico. Hoy es fácil entender por qué el sistema financiero está nervioso ante eso en lo que se ha convertido aquel juego idealista de criptógrafos: los bitcoins no pertenecen a ningún país, no están respaldados por ninguna autoridad, nadie puede tocarlos físicamente y, por tanto, nadie puede frenar su uso.
Hasta China lo está intentando, sin mucho éxito. Y tiene motivos reales y comprobados para temerle, por razones más cercanas a lo que quería Nakamoto que al volumen especulativo. Una burbuja especulativa de sellos, de oro o de cualquier mercancía no es preocupante. Pero ¿una moneda al margen de todas las leyes, que reside en el equivalente a cuentas corrientes (“monederos virtuales”, se llaman) que nadie puede congelar, que ninguna autoridad financiera puede detener y cuyas transacciones no se pueden impedir ni anular? Por eso en 2013 Kutcher defendía esta criptodivisa. Claro que tiene valor, decía: “Una divisa que sirve para comprar drojas y armas de fuego tiene valor por sí misma”.
De Moneda de color a Mercancía Especulativa
“Me enteré de la existencia de los bitcoins en 2011 a través de Reddit [el mayor foro de Internet]. Buscaba una forma segura para poder comprar drojas por Internet sin tener que jugármela”, explica C., usuario español que quiere permanecer anónimo y que hoy especula con bitcoins a escala casera junto a un grupo de amigos, coordinados por WhatsApp. Empezó a usarlos como divisa y después se dedicó al trading (compraventa de valores), los dos puntos de inflexión del valor del bitcoin.
Porque los bitcoins encontraron su primer hogar en un rincón de Internet en el que garantizar transacciones tan seguras como ilegales era una bendición: medicamentos sin receta, armas de fuego, objetos de contrabando, drojas. Se convirtieron en la divisa de Silk Road (Ruta de la Seda), que fue durante años el gran bazar ilegal online, el mayor mercado zaino de la otra Internet: la Deep Web, un océano por debajo de nuestros perfiles de Facebook y nuestras aplicaciones donde no llegan los buscadores, los Gobiernos ni los navegadores que usamos para recorrer Internet.
Mientras en Silk Road la gente compraba drojas, en los titulares del mundo real se vendía la divisa como la moneda del futuro, algo que nos permitiría comprar de todo desde Internet. En 2010, por ejemplo, un informático llamado Laszlo Hanyecz se convirtió en noticia porque había pagado 10.000 bitcoins por dos pizzas de Papa John’s. Entonces, aquella compra —el primer pago en bitcoins a cambio de algo tangible del que tenemos constancia— tuvo un valor de 25 euros. Semejante transacción equivaldría hoy a regalar casi 300 décimos premiados con El rellenito a cambio de calorías para todo un fin de semana. Y ni siquiera fue una compra como tal: Hanyecz le envió los bitcoins a otro colega a cambio de que este le hiciese el pedido de pizza de manera tradicional. Era humo, titulares futuristas vacíos de contenido. Lo importante sucedía más abajo, como cuenta C.: “Para comprar pizza no necesitaba bitcoins. En Silk Road los bitcoins eran la única forma de comerciar con seguridad”.
Por eso la primera revalorización de esta moneda vino por el mercado zaino. Cuando el FBI detuvo en junio de 2013 a Ross Ulbricht, el cerebro detrás de Silk Road, le intervinieron un disco duro (una “cartera”) con más de 144.000 bitcoins. Ulbricht cobraba una pequeña comisión por cada venta que se producía en sus dominios. A esas alturas, la cartera valía unos 25 millones de euros. Hoy Ulbricht tendría casi 1.600 millones de euros, suficientes para superar a los Winklevoss en la lista de milmillonarios del planeta.
“A partir de ahí me di cuenta de que era algo para especular —prosigue C—. Me repetía que era una moneda futurista y que servía para comprar cosas, pero luego lo único que quería hacer era especular, comprando y vendiendo, según oscilaba el valor. Hoy me quedan dos, tuve 33”. Aparte de lo que ya ha ganado con la compraventa, le quedan 19.000 euros de beneficio tras una inversión hace seis años de 90 euros. Ni él ni sus amigos habían sentido nunca el gusanillo del trading. “Nunca lo habíamos hecho”. Hoy están preocupados: los bitcoins suben tanto y tan deprisa que pueden convertirse en el objetivo de hackers, Gobiernos, Hacienda. Sobre todo, temen el momento en el que cunda el pánico y el valor se hunda y ya no haya remedio.
La detención de Ulbricht, los cantos de sirena de personalidades como Kutcher y la crisis financiera internacional de la pasada década (que llevó a algunos ahorradores a sacar su dinero del sistema bancario) marcaron el momento en el que se pasó del uso a la especulación. Narraciones como la de Finney y el boca a boca sobre esa moneda tan extraña y su minería hicieron el resto: había oro en Internet. Y el diseño de Nakamoto del sistema bitcoin añadió un último factor que hace que tenga más sentido el símil de la minería.
La Llegada de los Prospectores
El número de bitcoins, aunque surjan de la nada, es finito desde que se concibió esta divisa y algún día “nadie podrá obtener más”, como nos cuenta Shaung Chong, el desarrollador principal de bitcoin.com, que ofrece tanto compraventa como participaciones para su minería de alto nivel. Nakamoto, al inventar esta moneda, puso un límite a la cantidad que puede existir. Cada vez que se valida el blockchain se generan menos unidades, hasta que llegue el momento en el que, como en Las Médulas leonesas o la gran Veta progenitora californiana, no haya nada más. La diferencia es que sabemos exactamente cuántos bitcoins quedan.
El límite irrompible son 21 millones, que alcanzaremos en pocos años. Hoy existen unos 16 millones de bitcoins (de los que tres millones se pueden dar por perdidos, ya sea por olvidos de contraseñas, extravío o daño físico de los discos duros que las almacenaban, entre otros). Como cada vez hay más monedas y más movimiento y todo ello tiene que ir a la “lista”, el ineficaz sistema de Nakamoto ha hecho que la minería requiera hoy una capacidad informática desorbitada y un consumo eléctrico a la par. “Creemos —explica Shaun Chong— que la demanda de potencia crecerá tanto como la revalorización de los bitcoins”. Ahora mismo, mantener la red bitcoin consume tanta electricidad que, si fuera un país, estaría en los 60 primeros puestos de consumo planetario. Y sigue subiendo.
Esa electricidad hay que pagarla: como la minería valida las transacciones realizadas, el coste de operar en bitcoins también se ha disparado. Son comisiones enormes que Chong no cree que disminuyan: “En su estado actual, el sistema bitcoin es insostenible como divisa comercial”. Es otro factor que ha ayudado a que se conviertan en una mercancía almacenable. En una commodity, como el oro real. Nadie compra con oro desde hace siglos, pero todo el mundo sabe que es algo valioso.
Los primeros voluntarios que en su momento se lanzaron a contribuir (pagando de su bolsillo ordenadores especiales y enormes facturas eléctricas) han sido devorados, como pasó en la fiebre del oro del siglo XIX, por gigantescos prospectores. Desde Mongolia hasta Hong Kong, China ha dado a luz en los últimos dos años a gigantescas granjas de ordenadores. Prospecciones mineras descomunales que operan 24 horas al día, siete días a la semana, consumiendo centenares de megavatios por hora cada una, para copar el mercado e intentar resolver el blockchain antes que nadie mediante trillones de operaciones por segundo. Irlanda, hoy, consume menos electricidad que la minería que sostiene el blockchain.
¿Merece la Pena?
Todos los analistas financieros que han seguido el bitcoin durante estos años y han advertido sobre sus riesgos admiten que se han equivocado. Cada vez que el bitcoin se ha “desplomado” ha vuelto a subir, multiplicando su valor. Y hay algo que no hemos señalado hasta ahora: no hace falta arriesgar miles de euros para ir probando, porque los bitcoins se pueden fraccionar mucho más que cualquier moneda real. Si un euro puede dividirse entre 100, hasta llegar a los céntimos, el BTC llega tranquilamente hasta la cienmilésima: 0,00001 BTC. Unos 10 céntimos de euro en la actualidad (aunque nadie venderá tan poco).
Para invertir en esta criptodivisa hay dos posibilidades: apuntarse en el lado de la minería, donde las granjas como las de Chong hacen contratos “por tiempo”, con el riesgo de que en ese periodo el prospector no consiga obtener monedas nuevas y solo reciba la parte de las comisiones; o invertir por su cuenta en alguno de los múltiples operadores que existen, como el de los hermanos Winklevoss. Incluso los brókers tradicionales y algunos bancos de inversión han empezado a ofrecer la posibilidad de operar o invertir directamente en bitcoins. La pregunta real es si merece la pena colocar miles de euros en algo volátil: las oscilaciones de la cotización bitcoin se miden en miles de euros en la actualidad. Los Gobiernos han empezado a fijarse en una moneda más opaca que cualquier paraíso fiscal. Y el riesgo de que un día se desplome para no volver sigue presente.
Todo el mundo sabe que en algún momento se acabarán los bitcoins, o no servirán para nada, o serán sustituidos por otra cosa. Pero lo mismo sucede con el oro: como metal, no tiene excesivos usos. El oro ya no se utiliza para comerciar ni respalda ningún valor; hace mucho tiempo que no sirve para nada práctico, pero la gente sigue creyendo en él como hace milenios, aunque su valor se haya estancado: el oro hoy vale prácticamente lo mismo que hace cuatro años. El bitcoin, en cambio, aún parece estar lejos de su techo.
Sin embargo, pese a que el bitcoin terminará siendo insostenible —llegará un momento en el que las comisiones por validar una operación en bitcoins no compensen ni a los que operan ni a los que validan—, la tecnología blockchain no va a detenerse en este experimento social desbordado. Ahora mismo todo el sector financiero compite contra los cuatro grandes de Internet (Apple, Amazon, Google y Facebook) con el fin de convertir en algo útil para todos las ideas de Sakamoto, a través de nuevas criptomonedas que pueden servir como divisa o hasta como acciones. Es la moda token, en la que muchas startups financieras emiten unas cuantas divisas para sus inversores iniciales con la promesa de que algún día sigan el camino del bitcoin. Pero la fiebre lo está consumiendo todo: sustitutos como Ethereum, un blockchain con dos años de vida y moneda propia, llamada Ether (cuyos “céntimos” se llaman Finneys como homenaje), han visto triplicar su valor en menos de un mes.
No sabemos qué forma tendrá el futuro del blockchain. Recientemente Amber Baldet lo explicaba así: “Sabemos cuáles son los conceptos, pero pongámonos en esta situación: estamos en 1997 y nos piden que imaginemos cómo será la banca dentro de 20 años. Cómo funcionarán las aplicaciones de pagos móviles, la banca online y todo lo que podemos hacer desde nuestros smartphones. No podríamos. Es demasiado pronto. Es imposible imaginarse lo que vendrá. Y ni siquiera sabemos cuál será la forma definitiva con la que la tecnología blockchain se implantará entre la mayoría de la gente. Pero sabemos que terminará sucediendo”.
Después de todo, la fiebre del oro tuvo consecuencias reales más allá de aquella idea de hacerse rico que flotaba en los ríos esperando a que alguien la recogiera. Más de 300.000 familias emigraron a California, empujaron un territorio a medio hacer y lo transformaron poco a poco en un motor económico que, incluso hoy, es el más rico de EE UU. California se convirtió en un estado con una facilidad asombrosa, sin pasar por las etapas de sus compañeros federales, y allí se plantaron las semillas para buena parte de la economía del siglo XX. El oro, que provocó más pobres que ricos, era lo de menos.
Bitcoins, la fiebre del oro virtual