Hilo de los grandes científicos de España

41) Gramática castellana por Antonio de Nebrija

Elio Antonio Martínez de Cala y Xarava (Lebrija, Sevilla, 1441 - Alcalá de Henares, 5 de julio de 1522), más conocido como Elio Antonio de Nebrija, de Nebrixa o de Lebrija, fue un humanista español que gozó de fama como colegial en el Real Colegio de España de Bolonia. Ocupa un lugar destacado en la historia de la lengua española por ser el autor de la primera gramática castellana (la Gramática castellana), en 1492, de un diccionario latín-español ese mismo año y de otro español-latín hacia 1494, con relativa anticipación dentro del ámbito de las llamadas lenguas vulgares. De esta forma convirtió al castellano en la primera lengua culta de Europa tras el griego y el latín, sentando precedente a las demás. Fue, además, historiador, pedagogo, gramático y poeta.

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Antonio Martínez Calá y Xarava había nacido en Lebrija, Sevilla, en 1441. Fue más conocido como Elio Antonio de Nebrixa, llegó a ser un gran referente en el Renacimiento español: humanista, gramático, filósofo, historiador poeta, pedagogo y astrónomo. Había estudiado humanidades en la Universidad de Salamanca, así como filología en latín, en griego y en hebreo. Sus conocimientos abarcaron también teología, medicina, derecho, cosmografía, matemáticas, geografía, historia y, por supuesto, gramática, materia en la que tuvo como maestro a Martino Galeotto, en el Real Colegio San Clemente de España en Bolonia.

Más tarde, en 1473, impartió clases de gramática y retórica en la Universidad de Salamanca. Fue protegido primero por el cardenal Juna de Zúñiga y después por el cardenal Cisneros.

Nebrija escribió obras sobre varias materias: cosmografía, botánica, teología, pedagogía, numeración, pesas y medidas. Intentó reformar la enseñanza del latín en España y, en 1481, publicó una gramática latina, Introductiones latinae, que sirvió como texto de enseñanza para estudiantes hasta el siglo XIX. Esta gramática latina se dividía en dos partes: la analogía, que trataba sobre morfología, y otra parte que versaba sobre problemas de sintaxis, ortografía, prosodia, figuras de dicción y un léxico que no era muy extenso.

Durante el Renacimiento, empezaron a editarse en Europa numerosas gramáticas latinas debido al entusiasmo por la literatura grecorromana. Es destacable, por ejemplo, la gramática latina publicada en 1471 por el italiano Valla, y que fue reeditada varias veces durante medio siglo. Para los hombres de la Edad Media, sólo el latín y el griego eran consideradas como lenguas cultas, porque estaban dotadas de una grandeza que hacía esas lenguas merecedoras de estudio y análisis, mientras que las lenguas vulgares se regían apenas por el gusto de los hablantes, sin necesidad de que estas fueran estudiadas ni de que se establecieran reglas.

En ese ambiente, el docto latinista Nebrija, tuvo la idea de aplicar el modelo de estudio de una lengua culta a una lengua romance y, en 1492, escribió la primera Gramática de la Lengua castellana. El mismo año del descubrimiento de América y del final de la Reconquista, Isabel I de Castilla visitaba Salamanca, y allí Nebrija dedicó su obra a su reina.

Fue un acontecimiento cultural de primer orden, pues nunca antes en Europa se había publicado una gramática de una lengua vulgar. El italiano tuvo su primera gramática en 1529; el portugués en 1536; el francés en 1550. España fue la pionera en fijar un conjunto de reglas y normas lingüísticas a una lengua vulgar, como era el castellano, para dar una homogeneidad y convertirla en una lengua culta.

Lo que el gramático sevillano estaba ofreciendo era una revolución cultural: por primera vez, un lengua vulgar, el romance castellano, se convertía en lengua culta al disponer de una gramática propia, la primera vez en su género, que esa lengua romance, así ennoblecida, se convertía en el factor de cohesión y expansión de un imperio que comenzaba a nacer sobre las carabelas que cruzaban el Atlántico. Nebrija le dio una dimensión política a su obra, en adelante, el castellano "siempre fue la lengua compañera del imperio".

Nebrija consideraba que la gramática era la base de toda ciencia y dividió la misma en: ortografía, prosodia, etimología y sintaxis. Esta división ha perdurado hasta la Edad Moderna. E igualmente otra distinción nebrijana perdura hasta recientemente: aquella que considera que las partes de la oración son ocho: nombre, pronombre, artículo, verbo, participio, preposición, adverbio y conjunción, y en sus notas añade gerundio y nombre participial infinito.

También consideraba al latín como lengua superior a las otras y, por ello, cuanto más se acerca una lengua al latín, más perfecta es. Esto hace que su gramática castellana sea una gramática a la manera latina. Sin embargo, la originalidad de Nebrija es patente, trayendo auténticas innovaciones en su género, mucho antes que el resto de lenguas vulgares. Intuyó además el origen de la lengua castellana a partir de un latín corrompido, traído por los godos e influido por otras lenguas.

La Gramática de Nebrija inspiró el surgimiento de una serie de obras similares que fue surgiendo en toda Europa, a medida que los idiomas de Europa cobraban conciencia de que eran tan nobles como el viejo latín. Su obra tuvo gran influencia en el mundo universitario español y europeo, siendo una de las cumbres del Humanismo en España. Recogía el legado clásico para revitalizar el estudio de las lenguas vivas.

ESPAÑA ILUSTRADA: GRAMÁTICA CASTELLANA POR ANTONIO DE NEBRIJA
 
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42) Juan José Delhuyar

Juan José Delhuyar y Lubice (Logroño, 15 de junio de 1754 - Bogotá, 20 de septiembre de 1796), fue un afamado químico español que junto a su hermano Fausto logró aislar el wolframio por primera vez, hecho que aconteció en las instalaciones que la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País tenía en la localidad guipuzcoana de Vergara.

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Juan José Elhuyar nace en Logroño, La Rioja, en el seno de una familia de origen vasco-francés. Estudió matemáticas. física e historia natural en París entre 1773 y 1777 junto a su hermano Fausto. Ambos hermanos se vieron favorecidos por el espíritu de la Ilustración y fueron pensionados por el gobierno español en distintas universidades europeas con el fin de traer los conocimientos utilitarios de investigación científica.

Juan José fue enviado a Suecia en 1781, dado que este país estaba a la vanguardia de la ciencia química, además de que el gobierno español se interesó por los métodos suecos para fabricar cañones. Estuvo primero en Upsala en cuya universidad investigaba e impartía clases Torbern Olof Bergman. Más tarde, hará lo propio en Köping con Carl Wilhelm Scheele. Junto a Bergman, estudió los métodos modernos de laboratorio para la obtención de elementos químicos, y sería el propio Bergman quien trasladó a Elhúyar la sospecha de que existía otro elemento metálico en la scheelita. A su vuelta a España, Juan José se prepara para aislar ese elemento y, ayudado por su hermano Fausto, en otoño de 1783, obtiene el wolframio, el primer elemento químico descubierto sin ser extraído directamente de la naturaleza, ya que no existe en forma libre, sin combinar químicamente.

Sin embargo, al gobierno español no le agradó que Elhúyar dedicase más tiempo a sus estudios e investigaciones científicas que a la misión encomendada y fue enviado en 1784 a Santa Fe de Bogotá para trabajar en las minas de plata de Mariquita en el departamento de Tolima. Allí, colaboró en su condición de mineralista junto al botánico José Celestino Mutis

Se casa en 1788 con María Josefa Bastida y Lee. Su gloria se produce el 1796 en la ciudad de Bogotá, en el entonces Virreinato de Nueva Granada y actualmente Colombia.

Biografia de Juan José de Elhuyar
 
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43) Cosme García Sáez y el primer sumergible

Cosme García Sáez fue un ingeniero e inventor nacido en 1818, en Logroño, y fallecido en 1874 en Madrid, fue el primer español en desarrollar un sumergible, precediendo a Isaac Peral y a Narciso Monturiol.

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Ingeniero español, nacido en la calle Portales de Logroño en el año 1818, Realizó sus primeros estudios en esta ciudad. Posteriormente trabaja como relojero en un taller de Logroño, a la vez que estudia ingeniería. Con treinta años cumplidos, en 1848, Cosme García se traslada a la capital de España con su familia, y empieza a trabajar como regente de la Imprenta Nacional, trabajo en que ya muestra sus dotes de inventor, porque realiza mejoras en la fundición de los caracteres de imprenta. Pronto abre su propio taller en la Travesía de la Ballesta, en Madrid. Este ilustre riojano construye las máquinas de timbre de la Casa de la Moneda, y su nombre comienza a ser conocido en el panorama científico de la época.

De la Imprenta Nacional, Cosme García pasa al ramo de Correos, donde permanece hasta el año 1864. Una de las cuestiones más destacables de su paso por estas dependencias, es el diseño y construcción de las máquinas de sellar para las oficinas de correos de toda España. Es en esta etapa cuando realiza la más importante de sus invenciones: un submarino tripulado. Cosme García parece adelantarse a los diseños del Ictíneo de Narciso Monturiol, por lo que se le puede considerar el primer inventor del submarino mecánico tripulado. En 1858 prepara un modelo que prueba en Barcelona ante un pequeño número de personas. Ante la convicción de que había resuelto el problema de la navegación submarina, patenta su invento en España, en julio de 1859, con el nombre de "Aparato Buzo para la Navegación Submarina", y en noviembre del mismo año lo hace en Francia, donde hoy día aún se conservan sus diseños.

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Planos del submarino que ideó y probó con éxito en 1860.

Cosme García traslada su ingenio al puerto de Alicante, a bordo de un buque, con el fin de acreditar la puesta en práctica de su patente. El 4 de agosto de 1860, se sumerge junto a su hijo en el submarino durante 45 minutos, según reza el testimonio oficial.

Presenciaron el acto, entre otros, el comandante de marina del puerto de Alicante, José de la Paz, y los cónsules de Gran Bretaña y Estados Unidos. Animado por el éxito de su empresa, se traslada a Madrid y construye un modelo de cobre que expone en su casa de la calle de San Hermenegildo; con ello pretende llamar la atención del Gobierno y la Casa Real, y conseguir así que le financien. Sin embargo, después de una entrevista con la Reina Isabel II, se le comunica que el gobierno no podía comprar ni costear el proyecto. Desilusionado, se traslada a París, donde Napoleón II le ofrece 14 millones de francos para que se instale en el arsenal de Tolón y pueda construir un modelo mejorado con las armas que considerase oportunas. Su espíritu patriótico le impide aceptar la oferta, ante la seguridad de que el submarino podía convertirse en un arma de guerra altamente eficaz; pero en España su aparato permanece anclado en el puerto de Alicante, hasta que años después una notificación portuaria le comunique que el aparato molesta al tráfico marítimo, por lo que su hijo, Enrique García, se encarga de hundirlo.

FUENTE: Texto extraído de Portada » MCNBiografias.com
García Sáez, Cosme (1818-1874). » MCNBiografias.com

Inventos

Además del submarino, las más conocidas creaciones del citado anteriormente Cosme García fueron la imprenta, la máquina de sellar y posteriormente el fusil.

La imprenta constaba de un tintero receptáculo para la tinta, un cilindro y varios rodillos tomadores y distribuidores de la tinta sobre la platina donde se halla fijada la forma con la letra. No tiene cintas y es tan fácil de hacerla funcionar que se consigue con sólo la fuerza de un niño, dando vueltas siempre en una misma dirección a una rueda con su manubrio que tiene dicha máquina a uno de sus costados.

La máquina de correos consiste en una máquina pequeña, que se compone de armadura de hierro, un émbolo y varios rodillos que recogen y distribuyen la tinta contenida en el bote sobre una platina de bronce. Y habiendo hecho funcionar dicha máquina, instantáneamente fueron selladas varias cartas con la mayor claridad y limpieza en la estampación del sellos.

El funcionamiento del fusil era el siguiente: para cargar el arma, se gira a la derecha la palanca e, y se afloja por lo tanto el tornillo dejando el tambor en libertad; se hace girar éste por medio del botón, hasta descubrir la recámara. Se vuelve luego hasta que el eje del proyectil corresponda con el del cañón, y se cierra, apretando el tornillo a favor de un movimiento inverso de la palanca; de este modo el tornillo avanza en su tuerca y aprieta el tambor.

Cosme García: Inventor del submarino - biografía :: bermemar

El riojano que inventó el submarino | La Rioja
 
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44) Nicolás Monardes, el médico sevillano que investigó las plantas del Nuevo Mundo

Nicolás Bautista Monardes Alfaro (Sevilla, ca. 1508 — ibídem, 10 de octubre de 1588), fue un destacado médico y botánico español. No debe ser confundido con su padre Juan Bautista Monardes, igualmente médico y sevillano. Descubridor de la fluorescencia.

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Por el lado paterno provenía del médico y humanista Juan Bautista Monardes y por el materno de una saga de comerciantes sevillanos, los Alfaro. Su antepasado Luis Fernández de Alfaro fue contador de la casa de Contratación, cambiador y mercader y había participado en la Carrera de Indias, sobre 1503, como maestre de nave. Pronto debió quedar huérfano de padre, ya que su progenitora Leonor de Alfaro se volvió a casar con el boticario Juan López de Pastrana. Estudió Medicina en Alcalá de Henares, donde obtuvo el título de bachiller en 1533, formándose en el humanismo de Antonio de Nebrija, y se doctoró en la Universidad de Sevilla (1547). En esta ciudad ejerció la profesión de médico con gran éxito y reunió un importante herbario, cultivando además diversas plantas americanas en su propio huerto, y también se embarcó en diversos negocios mercantiles, especialmente los relacionados con el comercio de medicinas y el tráfico de esclavos. Mantuvo una estrecha amistad con los principales humanistas y reformadores de la espiritualidad de su tiempo, como Cristóbal Núñez y Juan de Quirós (padrinos de su hija Isabel), lo que explica que se ordenara sacerdote después de enviudar.

Monardes publicó un gran número de libros de suma importancia. El Diálogo llamado pharmacodilosis (1536) no es suyo, sino de su padre Juan Bautista Monardes. Como él, discutió acerca de la importancia del griego y del árabe en la medicina en De Secanda Vena in pleuriti Inter Grecos et Arabes Concordia (1539), aplicándolo a la controversia que había en su tiempo sobre la propiedad de la sangría aplicada al llamado mal de costado o pleuresía, tema polémico entonces entre los médicos seguidores del humanismo y los de la tendencia arabizante. De Rosa et partibus eius (1540) fue un tratado acerca de las rosas y los frutos cítricos; también estudió la nieve (Tratado de la nieve y del beber frío, 1571) y el hierro (Dialogo de las grandezas del hierro y de sus virtudes medicinales, 1574) y escribió un Tratado de la Piedra Bezaar y de la yerua escuerçonera.

Su trabajo más significativo y conocido fue Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales, publicado en tres partes bajo diversos títulos (de 1565, 1569 y completado en 1574 y reimpreso sin cambios en 1580). Este fue traducido al latín por Clusius (Charles de l'Écluse, 1526-1609) y al inglés por John Frampton. En esta obra se propuso estudiar y experimentar con los productos y medicinas del Nuevo Mundo para explorar sus propiedades farmacológicas, aprovechando que Sevilla era el puerto de entrada al Viejo Mundo de las Indias Occidentales. Para ello cultivó en su huerto plantas americanas y describió por vez primera muchas especies como el cardo santo, la cebadilla, la jalapa, el sasafrás, el guayaco, la pimienta, la canela de Indias, el tabaco, el bálsamo de Tolú etc., entre otras conocidas y descritas imperfecta o incorrectamente. Familiarizó a los europeos con plantas tan trascendentales como la piña tropical, el cacahuete, el maíz, la batata, la coca o la zarzaparrilla. Su contribución a la farmacognosia fue muy relevante, como demuestra el enorme interés despertado por su obra: en poco más de cien años sus obras alcanzaron cuarenta y dos ediciones en seis idiomas.

Fue el primer autor conocido en informar y describir el fenómeno de la Fluorescencia, entonces desconocido, en su libro Historia Medicinal (Sevilla, 1565), donde describe el extraño comportamiento de ciertas infusiones de Lignum nephriticum.

Paseos por Sevilla: Nicolás Monardes

Nicolás Monardes, el médico sevillano que investigó las plantas del Nuevo Mundo
 
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45) Derecho Penal moderno por Alonso de Castro

Teólogo, jurista y humanista franciscano, Alfonso de Castro fue un miembro de la Escuela de Salamanca, consejero real de Felipe II y reformador del código penal moderno. Ha sido considerado como uno de los fundadores del Derecho de Gentes, junto a Francisco de Vitoria, y de la ciencia del derecho penal, cuyas ideas dejó en su obra De potestate legis poenalis.

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Alfonso de Castro era natural de Zamora donde nació en 1495. A los 15 años entró en el convento de San Francisco de Salamanca. Estudió teología y filosofía en las Universidades de Salamanca y de Alcalá de Henares. En la de Universidad de Salamanca enseñó teología por espacio de unos treinta años, siendo además un miembro de su escuela escolástica. Junto a Carvajal y a Vitoria, fue uno de los principales eruditos que se encargaron del renacimiento de la teología española.

Viajó por casi toda Europa tomando cuenta de las necesidades sociales, y de la psicología de los pueblos, sus instituciones y costumbres. Durante su carrera profesional, llegó a ser teólogo, jurisconsulto, escriturista, sacerdote, y hasta consejero real. Destacó por su independencia de pensamiento frente a los grandes teólogos a los que admiraba y pero disidiendo de ellos cuando lo consideraba oportuno, con gran libertad intelectual. La defensa de la fe, necesidad del momento, ocupó su vida y sus escritos más difundidos.

En 1530, viajó junto al emperador Carlos V como consejero personal suyo para ayudarle en su coronación en Bolonia como emperador del Sacro Imperio Germano Romano. También viajó a los Países Bajos, donde predicó a los mercaderes españoles y debatió con los luteranos. Allí preparó su obra más conocida, Adversus omnes haereses.

De regreso a Salamanca, se dedicó a la denunciar los abusos que favorecían la herejía, tanto en el clero como en el pueblo. En esta ciudad publicó, en 1547, De justa haereticorum punitione, en el que justificaba la pena de gloria, incluso con los herejes.

En 1545, asistió al Concilio de Trento, acompañó al cardenal Pachero, obispo de Jaén, y cinco años más tarde regresó a las sesiones tridentinas enviado por el emperador Carlos V. Durante la 4ª sesión discutió sobre Sagrada Escritura, señalando los defectos de traducción de la Vulgata. En sesiones posteriores defendió la conveniencia de las versiones vernáculas, la inspiración, la justificación de las obras, y habló del pecado original. Redactó un ejemplar del Decreto de los Libros Canónicos.

En 1548, fue nombrado definidor de Zamora. Y en 1553, fue requerido como consejero real y director espiritual de Felipe II, a quien acompañó a Inglaterra, durante su matrimonio con María Tudor. Junto con el dominico Bartolomé de Carranza, se dedicó a predicar para restablecer la unidad de la Iglesia católica. En el reino anglosajón fue consultado en los asuntos importantes del Imperio y dictó su parecer, según lo creía justo, sea contra el rey o contra el papa. Pasó a Amberes, donde continuó su labor de predicador apasionado con católicos y protestantes.

En 1557, fue designado por el rey para dirigir la sede arzobispal de Santiago de Compostela, pero murió antes de tomar el cargo, durante el tránsito, en Bruselas, en 1558.

Alfonso de Castro publicó obras importantes, editadas repetidas veces, en las que muestra una gran entereza e independencia de criterio ante autores y escuelas.

Su primera gran obra es Adversus omnes haereses, que fue escrita a petición de los comerciantes españoles de Flandes para combatir a los herejes y publicada en París, en 1534. Es una descripción y crítica de más de 400 herejías, expuestas en orden alfabético, que habían surgido en la Iglesia desde tiempos de los apóstoles. Fue su obra más difundida por la cual recibió el pseudónimo de "azote de herejes". Se reeditó una decena de veces en dos décadas por los principales países de Europa. En 1712, fue traducida al francés por Hermant y adaptada al verso castellano por Andrés de Olmos.

La obra que más fama le aportado es De potestate legis poenalis, publicada en Salamanca, en 1551. Gracias a la cual ha sido considerado como uno de los fundadores del Derecho de Gentes, junto a Francisco de Vitoria, y de la ciencia del derecho penal.

Estableció un sistema de penas según su naturaleza y fin, y su relación con el delito, doctrina que aplica a las leyes penales que obligan en conciencia. Demostró que las leyes penales imponían obligaciones a los súbditos, clasificando las penas en intrínsecas (si privan de un bien al sujeto que las padece), o extrínsecas (en riquezas, honores, parientes, patria, etc.).

Esencia de la pena es ir contra la voluntad de quien la sufre, y castigar delitos cometidos por quienes la sufren. Y distingue cuatro clases de leyes penales:

1. las que establecen las penas en general
2. las que determinan la pena que ha de aplicarse
3. las que determinan la pena de cada delito, pero cuya aplicación queda a cargo del reo
4. las aplicadas automáticamente al reo

Al aplicar las penas el legislador debe procurar que no excedan en gravedad a la culpa, y los jueces deben ser benignos con faltas leves, o templar la severidad del castigo en las graves. Debe evitarse la pena de gloria, limitándose a delitos muy graves o que dañen mucho a la sociedad. Atenuó el castigo por motivos de edad, pobreza, condición personal del juez, etc.

De potestate legis poenalis es un estudio científico de extraordinaria importancia, reeditada varias veces, por el que Alfonso de Castro ha sido llamado por penalistas civiles "padre y fundador del Derecho Penal".

Destaca también De iusta haereticorum punitione, publicada en Salamanca en 1547. Basándose en la teología y el derecho, Alfonso de Castro intentó marcar un punto medio justo entre la condena ciega y punitiva y la perdonanza fistro y blanda que debía sentenciar al hereje. Además, explicaba las maneras de reconducir al hereje hacia la verdadera fe, las penas del "contumaz" y las causas sociorreligiosas de las herejías.

A estas obras, recogidas en la última edición de Madrid 1773, hay que añadir otras menos difundidas: De validitate matrimonii Henriqui VIII el Catharinae y un comentario al profeta Isaías, no publicado. Sus libros teológicos revelan una personalidad vibrante y audaz, siempre en la ortodoxia, no están exentos de imprecisiones señaladas por la crítica.

También publicó homilías sobre salmos, y escribió informes o dictámenes sobre cuestiones teológicas o jurídicas que le propusieron Carlos V o el Concilio de Trento, como la validez del matrimonio de Enrique VIII de Inglaterra con la reina Catalina de Aragón, temas referentes a problemas de América, intervenciones en el Concilio, etc.

ESPAÑA ILUSTRADA: DERECHO PENAL MODERNO POR ALFONSO DE CASTRO
 
46) Telégrafo óptico por Juan José de Lerena

Juan José de Lerena fue un marino y diplomático español que destacó por sus contribuciones al desarrollo de las telecomunicaciones españolas, poniendo la telegrafía civil al servicio del Estado, paso necesario para la llegada del telégrafo eléctrico.

Pasó a la historia de las comunicaciones por haber inventado un sistema de telegrafía óptica que presentó en Cuba a una comisión de la Marina Real española, a bordo del navío Soberano, situado en Cuba, en 1829. Ese año, el telégrafo óptico fue patentado por Juan José de Lerena.

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Juan José de Lerena y Barry, nacido en Cádiz en 1796, fue un marino español que destacó por sus contribuciones al desarrollo de las telecomunicaciones españolas. Su tradición familiar por la marinería le sirvió para incorporarse a la Escuela Naval de la isla de León de Cádiz en 1809. Realizó numerosos viajes entre España y América, participando en diversas expediciones navales. Su bautismo de fuego lo realizó a los catorce años en 1810 en el apostadero de Gallineras contra los franceses.

En 1817, a las órdenes del Brigadier Pascual Enrile, tomó parte de la escuadra que transportaba una expedición militar dirigida por el general Pablo Morillo a Costa Firme (Venezuela), y en la defensa de Guayaquil. Estuvo en el Perú, en donde se distinguió por su arrojo y heroísmo, como ayudante del virrey Joaquín de la Pezuela, con el que regresó a España en 1821 tras ser destituido del cargo.

En 1823, durante el trienio liberal, participó en la defensa constitucional de Cádiz frente a las tropas francesas del Duque de Angulema y los 100.000 hijos de San Luis. Tras la rendición y la vuelta al poder del régimen absolutista, sus méritos militares fueron revocados y tuvo que exiliarse a Estados Unidos.

En Nueva York inició una nueva etapa como escritor y profesor, fundando en 1826 uno de los primeros periódicos neoyorkinos que aparecía impreso en español, El Redactor, y ya en 1825 publicando uno de los primeros manuales de enseñanza de la lengua española para angloparlantes, el llamado Spanish Telegraph.

Pero por lo que pasó a la historia de las comunicaciones es por haber inventado un sistema de telegrafía óptica que presentó en Cuba a una comisión de la Marina Real española en 1829, a bordo del navío Soberano situado en Cuba, lo que le permitió reincorporarse a España con su antiguo grado de teniente de navío. El telégrafo óptico fue patentado por Juan José de Lerena.

Desde 1830 se encontraba en la Corte Real en Madrid para realizar pruebas de su sistema de telegrafía mediante señales visuales a distancia que se podían observar con anteojos.

En 1831 inauguró la primera línea de telégrafos desde el Real Sitio de Aranjuéz, en el Monte Parnaso, hasta Madrid, en la Torre de los Lujanes.

En los sucesivos años, fue ampliando la red de telégrafos ópticos conectando otros sitios reales, como la Granja de San Ildefonso, El Pardo o Rijofrío, pero fracasó en el intento de establecer una línea Madrid-Burgos como consecuencia del estallido de la primera Guerra Carlista y de los problemas económicos derivados de la misma.

En 1836 los telégrafo de los Reales Sitios que dirigía Lerena dejaron de funcionar y fueron desmantelados en 1838. Volvió a chocar con la incomprensión de la Administración y quedó apartado de la dirección de la red de telégrafos. Durante algunos años, Lerena estuvo justificando sus cuentas como responsables de estas líneas telegráficas.

Pero su obra no quedó en balde, los sistemas telegráficos de Lerena fueron los modelos para otros posteriores como los que a mediados del siglo XIX inventó el brigadier Mathé, creador del Cuerpo de Telégrafos. El éxito que alcanzaron las líneas telegráficas del Ministerio de la Gobernación a mediados del siglo XIX, por la labor del marino Mathé, tuvo una gran deuda con su maestro Lerena.

Lerena se reincorporó a la Marina en 1843. como comandante del bergantín Nervión y comisario regio para dirigir una expedición en la isla de Fernando Poo de Guinea. La misión consistía en recuperar los derechos coloniales españoles en esa isla de dominio inglés, cambiando nombres ingleses por españoles y organizando la vida administrativa de la ciudad.

Prosiguiendo su labor de reconocimiento y explotación de las demás islas del golfo de Guinea, anexionó Corisco a la Corona de España a petición de su rey indígena, colonizando además una zona del continente desde la desembocadura del río Benito hasta el Cabo de Santa Clara (Guinea continental). Tomó también posesión de las islas Elobeyas y de la isla de Annobón, pasada la línea del ecuador. Su dominio del idioma inglés y su habilidad como comisionado regio le sirvieron para conseguir un éxito indudable.

A su regreso a España, en un viaje lleno de penalidades, rindió un completo informe al secretario de Despacho de Estado, que motivó la organización de una segunda expedición más amplia que debía ser dirigida también por él. Aquel proyecto se frustró ante los desafortunados acontecimientos políticos. Lamentablemente Lerena fue destituido cuando preparaba una segunda expedición a Guinea, que después comandó Manterola.

Por sus servicios a la Reina Isabel II fue premiado con el nombramiento de brigadier honorífico.

Quebrantada su salud, se retiró a Chiclana, donde inició un proyecto también fracasado de un canal navegable que comunicara la Bahía de Cádiz con Chiclana, atravesando el término municipal de San Fernando. Esta empresa le llevó a su ruina económica al fallarle el presupuesto y sus accionistas.

El brigadier Juan José de Lerena falleció en Madrid en 1866, estando en posesión de las Encomiendas de Isabel la Católica y Carlos III.

Gracias a la obra Historia de la telegrafía óptica en España por Sebastián Olivé y a la biografía Lerena, ese ignorado pionero de las telecomunicaciones, de Gilles Multigner, la vida y obra de este ingenioso marino ha llamado la atención de muchos expertos, al ser uno de los pioneros de esta telegrafía óptica, anterior a la de Morse. También sus logros en expediciones militares le han servido para que José Cervera Pery le dedicase el libro Juan José de Lerena, un marino en la historia de Guinea.

ESPAÑA ILUSTRADA: TELÉGRAFO ÓPTICO POR JUAN JOSÉ DE LERENA

LERENA BARRY, Juan José
 
47) Francisco Salvá y Campillo, inventor del telégrafo eléctrico

Francisco Salvá y Campillo (Barcelona, 12 de julio de 1751-Barcelona, 13 de febrero de 1828). Médico, meteorólogo, físico e inventor de un telégrafo eléctrico. Salvá fue el primer científico que consideró útil aplicar la pila de Volta a la telegrafía.

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Francisco Salvá y Campillo nació en Barcelona el 12 de julio de 1751. Su padre fue Jerónimo Salvá Pontich, médico en el Hospital de la Santa Cruz de Barcelona. Realizó sus estudios primarios y secundarios en el Colegio Tridentino Episcopal de la ciudad. Tras cursar y superar los tres primeros cursos de Medicina en la Universidad de Valencia se presentó a las pruebas de grado en la Universidad de Huesca en 1771 logrando el título de bachiller en Medicina. Tiempo después logró el título de doctor en medicina en la Université de Toulouse que volvió a confirmar en la Universidad de Huesca. En 1773 ingresó en la Real Academia Médico-Práctica de Barcelona. Apoyó los ensayos de inoculación contra la viruela en España. Su biblioteca médica llegó a superar los mil quinientos volúmenes.

A pesar de que la medicina fue su principal ocupación Francisco Salvá se implicó en otras disciplinas en las que igualmente obtuvo un reconocimiento de calidad. La física experimental fue otra de sus grandes pasiones. La Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona fue su lugar de trabajo, allí desempeñó los cargos de revisor de la Dirección de Electricidad en el periodo 1786-1803. Fue director del centro entre 1804 y 1812. Durante su estancia en la Academia en los distintos puestos ocupados Francisco Salvá defendió diversas Memorias científicas sobre sus investigaciones en la electricidad.

El invento que le daría fama internacional fue su telégrafo eléctrico, uno de los primeros en funcionar en la práctica, basado en las descargas producidas por la electricidad estática almacenada en botellas de Leiden. Desarrollado en la década de 1790, consistía en una estructura compuesta de diecisiete pares de hilos de alambre recubiertos de papel común, con un circuito independiente para cada letra del alfabeto. En su primera Memoria presentada en 1795 a la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona, titulada "Sobre la electricidad aplicada a la telegrafía", presentó su invento. Teniendo noticias el gobierno español de estas experiencias, llamó a Salvá a Madrid para que efectuase una demostración ante la familia real, cosa que hizo en Aranjuez. Esta demostración fue descrita en la Gaceta de Madrid del 29 de noviembre de 1796. Francisco Salvá propone el establecimiento de una línea telegráfica entre Alicante y Palma de Mallorca, que no se lleva a cabo. A pesar de ello, Guglielmo Marconi reconoció el valor de los descubrimientos del científico español.

A comienzos de 1800 Francisco Salvá defendió la segunda Memoria. En ésta su preocupación se centró en el galvanismo, concretamente en describir los trabajos de Luigi Galvani y la electricidad animal. En un anexo a esta Memoria, Francisco Salvá incluyó una aplicación del galvanismo en la telegrafía. También realizó un estudio presentado en 1804 en la Academia de las Artes sobre el uso de la pila de Volta como generador de la energía eléctrica para transmitir señales. Francisco Salvá fue el primer científico que consideró útil aplicar la pila de Volta a la telegrafía. Este sistema sería posteriormente perfeccionado por el alemán Samuel T. Sömmerring.

Entre las múltiples ideas expuestas por Salvá sobre el telégrafo hay que destacar como visionaria su propuesta sobre la confección de cables, consistente en la unión a manera de cuerda de varios hilos conductores metálicos, previamente cubiertos de papel y posteriormente barnizados y unidos por una sustancia aislante. Según Salvá sería posible establecer de esta forma una línea telegráfica entre Barcelona y Madrid que iría colgada de postes.

Y si sorprendente fue su trabajo con el telégrafo, mucho más sorprendente lo fue su Memoria en la que intuía la posibilidad de establecer comunicaciones inalámbricas.

La inquietud de Salvá no se vio satisfecha con estos hallazgos, por ello continuó con sus invenciones. Así, fue obra suya, en colaboración con Francisco Sanponts Roca, una máquina agramadora para extraer la fibra textil del tallo del cáñamo y el lino. Otra de sus invenciones en solitario fue un barco-pez destinado a la navegación submarina que no tuvo excesivo éxito, ya que tras realizar diferentes pruebas se comprobaron las dificultades para poder respirar correctamente.

La curiosidad del científico va más allá participando en el despegue de globos aerostáticos, los primeros en Barcelona (1784) y en una propuesta para obtener oxígeno a partir de la descomposición del agua. También participa en el establecimiento del metro con unidad de medida. Esta curiosidad en ámbitos tan diversos hace considerarle, en el campo científico, el ilustrado por excelencia de Cataluña y uno de los más importantes del resto de España. Este espíritu al parecer le acompañaba siempre: hizo la donación de su propia biblioteca a las academias y hasta cedió su corazón, una vez perecido, para clases de medicina.

La meteorología fue otra de sus pasiones. En este campo construyó barómetros e higrómetros, tras realizar observaciones de forma sistemática durante aproximadamente cuarenta años.

Francisco Salvá y Campillo fue miembro de un buen número de asociaciones académicas, científicas y culturales españolas y francesas. Entre ellas las que señalan a continuación:

Francia:
-Sociedad de Agricultura, Comercio y Artes de Narbona.
-Sociedad Linneana de París.
-Sociedad de Medicina de Marsella.
-Sociedad de Medicina de París.

España:
-Academia de Medicina de Murcia.
-Academia Medicopráctica de Cartagena.
-Academia y Real Colegio de Medicina de Madrid.
-Real Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona.
-Real Academia de Ciencias Naturales y Artes de Barcelona.
-Real Sociedad Económica de Amigos del País de Zaragoza.
-Sociedad Medico Quirúrgica de Cádiz.

Francisco Salvá y Campillo falleció en Barcelona el 13 de febrero de 1828.

Por desgracia, las aventuras del médico barcelonés cayeron en el más profundo de los olvidos y no se difundieron por Europa. Tal y como se afirmó en el homenaje que se rindió a la figura de Salvá y Campillo en la Real Academia de Medicina y Cirugía de Barcelona el 30 de diciembre de 1900:

Si Salvá hubiese nacido en la Gran Bretaña, sus descubrimientos se hubieran esculpido en letras de oro.

Francisco Salvá y Campillo, inventor del telégrafo eléctrico

SALVÁ y CAMPILLO, Francisco
 
Hay un iluso comunista que dice que la presencia científica en España desde el Renacimiento hasta el siglo XVIII es insignificante... Para ser una potencial mundial, como lo era España del siglo XV-XIX, hay que ser una potencia científica y España lo era.

48) Juan Cedillo Díaz, el mejor matemático de todo su tiempo

Juan Cedillo Díaz (Toledo), c. 1565 – 24.VII.1625. Clérigo secular, matemático, cosmógrafo, astrónomo e ingeniero. Según los expertos es quizás el mejor matemático de todo su tiempo.

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Nació, quizás, en la villa toledana de Camarena, lugar en donde murió en casas de su propiedad. Aunque no se tienen datos de su infancia y juventud, sí está probado que estudió Artes y Teología, posiblemente en la Universidad de Alcalá, obteniendo el grado de doctor en torno a 1608. Las primeras noticias sobre sus actividades se remontan a 1592, cuando servía al poderoso marqués de Moya, para el que compró unos libros al librero Boyer en Medina del Campo. Pero a pesar de que no se conozca nada sobre sus ocupaciones científicas y técnicas por esos años, parece que en 1596 ocupaba ya una cátedra del Colegio de Santa Catalina en Toledo y gozaba del suficiente prestigio como matemático para que en esas fechas fuese llamado por el conde de Puñoenrostro para que leyera la “teoría de los senos” en la Academia Real Mathematica madrileña, tarea que realizó durante casi dos cursos, aunque sin ningún nombramiento oficial.

En 1598 fue elegido por el Consejo de Indias para formar parte de la comisión de diez cosmógrafos que debía revisar la Reforma de los Instrumentos y del Padrón Real de la Casa de la Contratación realizada por el cosmógrafo mayor de Indias Andrés García de Céspedes. En febrero de ese mismo año recibió el nombramiento de “entretenido de las obras de Cádiz”, junto a Andrés de Castillejo. Sus obligaciones consistieron en servir como ayudante al ingeniero Cristóbal de Rojas en la reconstrucción de las fortificaciones de Cádiz y al mismo tiempo “enseñar los días de fiestas las matemáticas a los soldados y personas que quisieren asistir a sus lecturas”. Dejó las clases en julio de 1599 al recibir la orden de embarcarse en la armada de Pedro de Ciaburu para inspeccionar, ayudando siempre a Cristóbal de Rojas, las defensas de Lisboa, La Coruña, islas Terceras y otras plazas atacadas o amenazadas por los ingleses. El resultado de la misión, que duró cuatro meses, fue un conjunto de informes y trazas elaborados por De Rojas y por el propio Cedillo sobre las fortificaciones que se precisaban.

En noviembre regresó a Cádiz y continuó con sus tareas de entretenido en las obras defensivas. En noviembre de 1603 recibió la orden de ir con el capitán Pedro Suárez y el ingeniero Baptista Antonelli a la península de Araya, en la actual Venezuela, para estudiar la posibilidad de anegar y cegar sus salinas con el fin de impedir que los ingleses se apoderasen de ellas. Por motivos que se desconocen, quizás porque sus servicios junto a Cristóbal de Rojas eran más necesarios, no llegó a realizar el viaje. Posiblemente, Cedillo continuó en Cádiz hasta 1605 en que regresó a Madrid junto a De Rojas. La siguiente noticia que se tiene sobre su actividad corresponde a la llamada que recibió del Consejo de Indias (1610) para integrar la junta que debía examinar el método de la Aguja Fija, ideado por el portugués Fonseca para hallar con precisión la coordenada longitud de un lugar. En febrero de 1611, siendo deán de la colegiata de Pastrana y ya doctor, fue elegido por el mismo Real Consejo para suceder a García de Céspedes como cosmógrafo mayor y catedrático de Matemáticas y Cosmografía de la Academia Real; ambos oficios los mantuvo hasta su gloria, acaecida en la localidad toledana de Camarena el 24 de julio de 1625. Desde 1623 desempeñó también el título de preceptor del cardenal Fernando, hijo de Felipe III. Durante el tiempo que ocupó la cátedra impartió, en dos horas diarias, un programa que se desarrollaba en tres años y cuyos contenidos, esencialmente cosmográficos, eran similares a los que se explicaban en la cátedra de Matemáticas y Astrología de la Universidad de Salamanca en esos mismos años. Relacionadas con su labor docente realizó en Madrid repetidas observaciones astronómicas acompañado de sus alumnos, la mayoría nobles y cortesanos —como el marqués de Mirabel, el contador Garnica, el doctor Silveira o el capitán Manchón—, de algunas de las cuales dejó informaciones escritas, como las relativas al cometa de 1618, a la medida del tamaño aparente de la Luna o a la determinación del diámetro de Marte. Su actividad técnica cosmográfica más relevante fue la de confeccionar en 1620, por encargo del Consejo de Indias, una Carta grande de marear y de supervisar las cartas y los instrumentos para la expedición de Diego Ramírez al estrecho de Magallanes.

En febrero de 1625, unos meses antes de su fallecimiento, elaboró y firmó la aprobación del libro Modo facil y nuevo para examinar a los Maestros en la destreza de las armas de Luis Pacheco de Narváez.

Aunque estas pocas líneas son el único escrito suyo que llegó a imprimirse, sí produjo una gran cantidad de textos. Por un lado, realizó una intensa labor de traducción de diversas obras científicas, tarea a la que estaba obligado por su nombramiento de catedrático de la Academia Real, pero también confeccionó tratados originales sobre ingeniería, cartografía, matemáticas y astronomía, relacionados asimismo la mayor parte con sus obligaciones docentes. Veinticuatro de estos escritos, de extensión muy variada, se encuentran recogidos en diversos códices de la Biblioteca Nacional.

Entre sus aportaciones científicas destaca especialmente su posicionamiento cosmológico, muy separado del modelo aristotélico y totalmente alineado con las más novedosas hipótesis astronómicas. En la Biblioteca Nacional de Madrid se encuentran dos extensos manuscritos con sendas traducciones propias al castellano, e incompletas, del De Revolutionibus Orbium Caelestium de Nicolás Copérnico. Una de ellas, preparada para su edición, llega hasta el capítulo sexto del Libro Tercero de los cinco que conforman el texto copernicano, mientras que la segunda copia, que parece el borrador, alcanza hasta el capítulo treinta y cinco de ese mismo Libro Tercero e incluye, además, un prólogo. En las portadas figura como título Ydea Astronómica de la Fábrica del mundo y movimiento de los cuerpos celestiales y como subtítulo, De la Ydea y Cosmología.

Del análisis de estos dos manuscritos se extrae fácilmente la postura claramente heliocéntrica de Cedillo y su aceptación de las nuevas teorías de sus contemporáneos, posteriores a la obra de Copérnico. Así, el catedrático toledano recoge las ideas de Tycho Brahe y Giordano Bruno sobre la inmaterialidad de las esferas celestes y sigue a Kepler, Scaligero y Gilbert al colocar a los planetas girando sobre círculos por la acción de “inteligencias” que actúan a distancia. Al examinar el contenido de los códices de la Biblioteca Nacional puede aventurarse que, posiblemente, Cedillo Díaz pretendió realizar una obra de recopilación de los saberes cosmológicos pero, por causas no suficientemente conocidas, sólo llegó a preparar, y de forma incompleta, una versión comentada en castellano del De Revolutionibus, que, bajo un título tan diferente como el de Ydea Astronómica de la Fábrica del mundo y movimiento de los cuerpos celestiales, permaneció oculta durante casi cuatro siglos. Un dato que pone de relieve la gran importancia de este manuscrito es que constituye la primera traducción a una lengua romance del texto copernicano, pues la única anterior, la contenida en A Perfect Description of the Caelestial Orbes (1576), sólo contiene unas muy pocas páginas traducidas por Thomas Digges al inglés, y hay que esperar hasta el siglo XIX para encontrar la primera edición del De Revolutionibus en una lengua nacional, precisamente la polaca, preparada por Menzzer, Cantor y Thorn.

Una prueba más del convencimiento de Cedillo sobre la realidad del heliocentrismo la constituye la traducción que realizó del Discurso sobre el flujo y reflujo del mar, escrito por Galileo Galilei en 1616, y en donde se explican las mareas como resultado y efecto de la combinación de los movimientos terrestres de rotación y de traslación. En consecuencia, las mareas constituían para Galileo —y también para Cedillo Díaz— la prueba física, definitiva e irrefutable de que la Tierra no permanecía fija y, por consiguiente, demostraban que el sistema copernicano no era sólo un modelo geométrico, sino que representaba el mundo real. El movimiento de la Tierra se comprobaba mirando al mar y no estudiando el cielo.

No puede asegurarse que el doctor Juan Cedillo difundiese sus ideas cosmológicas por medio de sus lecturas en la Academia Real Matemática y, por lo tanto, divulgase de esta manera el heliocentrismo. El temor a las críticas de otros matemáticos y “hombres doctos” de la corte, según él mismo expresó en uno de sus escritos, y los problemas por los que en esos mismos años estaba atravesando Galileo, posiblemente le inclinaron a mantener sus ideas en la privacidad de sus manuscritos y evitar su difusión pública.

Aspectos más prácticos relativos a la astronomía aparecen recogidos en varios manuscritos suyos de la Biblioteca Nacional, como Teóricas nuevas de los Planetas por Georgio Purbachio. Del Sol y De la Luna, Para hallar el lugar del sol por las tablas del Rey D. Alonso, Para hallar el movimiento verdadero de la luna por las tablas del Rey don Alonso, Tabla de la quantidad de los días artificiales, Dianoia de los aspectos de los planetas, pensamiento nuevo, Observaciones sobre el cometa de 1618 y Observaciones sobre el cometa de 1618 y sobre Marte en 1623. Sobre cosmografía y navegación se conservan el Tratado de la carta de marear geométricamente demostrada por el Dr. Juan Cedillo Díaz, año 1616, en donde se explica el uso de la Carta de Marear, indicando de qué manera con ella se puede fijar el rumbo de una nave, un Tratado de la Sphera, De la calamita, brújula y del nordestear y noroestear de las agujas, en donde se intenta ofrecer algunas causas de este fenómeno, tan importante para la navegación, y Los dos Libros del Arte de Navegar de Pedro Núñez de Saa, traducido de latín en castellano por el Doctor Juan Cedillo Díaz, versión incompleta en castellano, de una de las obras más relevantes de la náutica europea del siglo xvi. Como la gran mayoría de los matemáticos de su tiempo, también cultivó la astrología dejando un escueto Tratado de Astrología. Más interesantes son sus escritos matemáticos, como Sciencias matemáticas por qué tomaron este nombre? División de las Ciencias matematicas. La utilidad de las Matem. y De los principios matemáticos, que contienen sus reflexiones sobre el concepto y la utilidad de la matemática y que, a pesar de su brevedad —tan sólo cinco folios—, resultan ser de lectura utilísima para entender muchos aspectos de la ciencia del Siglo de Oro.

Por último, también redactó un cortísimo tratado Sobre Esferoides, dirigido especialmente a la astronomía, y una detenida traducción de la geometría griega, Los seis libros primeros de la geometría de Euclides traduzidos del latín al castellano.

Son, en cambio, originales varios tratados suyos sobre el manejo y el fundamento geométrico de algunos instrumentos útiles en ingeniería y arquitectura: Del corobates o libela: tratado breve, provechoso y necesario para encaminar el agua por las cauzas y canchiles a molinos, fuentes y riberas y Del trinormo: tratado breve, útil y acomodado para los ingenieros y agrimensores, marineros, arquitectos y artilleros. En ellos demuestra su experiencia en obras relativas a la nivelación de terrenos y a la traída y conducción de aguas. Finalmente, también tradujo una de las obras más significativas de la ciencia militar europea del siglo xvi, el Tratado de Artillería del italiano Tartaglia.

Juan Cedillo Díaz | Real Academia de la Historia
 
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49) Bernabé Cobo, pionero de la biogeografía

Nació Bernabé Cobo en Lobera (Jaén) en 1580, y marchó a las Indias a los dieciséis años. En 1599 se matriculó en el Colegio de San Martín en Lima, ingresando dos años después como novicio en la Compañía de Jesús, que regentaba el Colegio. No hizo sus votos hasta el año 1622.

Realizó numerosos viajes: Antillas, Virreinato del Perú, Nueva España y Centroamérica, y en 1653 completó su monumental Historia del Nuevo Mundo, fruto de una constante y minuciosa labor de ocho lustros. Sin embargo, esta descomunal obra quedó inédita y en gran parte se perdió. Por fortuna para la historiografía científica se conservó la primera parte: 14 libros sobre la historia natural de aquellos territorios.

Aunque el botánico valenciano Antonio José Cavanilles (1745-1804) publicó algunos fragmentos de la obra de Cobo al iniciarse el siglo XIX, no fue sino el cartagenero Marcos Jiménez de la Espada (1831-1898), el más eminente de los científicos que participaron en la expedición al Pacífico (1862-1865) y gran defensor de la ciencia nacional, el que recuperó para la cultura española la obra del jesuita andaluz. En efecto, la Historia del Nuevo Mundo de Bernabé Cobo vio la luz por primera vez entre 1890 y 1893, en cuatro volúmenes, ilustrada y con anotaciones del eminente murciano.

El prólogo de su obra lo firma en julio de 1653 y quizá su gloria, en Lima en el año 1657, impidió la publicación de la misma. Hay que hacer notar que de los 77 años de vida, sesenta y uno los vivió en América.

A pesar de no conocer más que la primera de las tres partes en las que el jesuita dividió su estudio sobre el Nuevo Mundo, sabemos que cada una de ellas versaba sobre los siguientes temas: el estudio de América antes del descubrimiento o lo que es igual, el conocimiento de las culturas y naturaleza americanas anteriores a la llegada de los españoles; la historia de la conquista y colonización del Perú y de las latitudes americanas más meridionales; por último, en la tercera parte, trató de la conquista y colonización de otras zonas del Nuevo Mundo, Molucas, Filipinas, etc.

Suele atribuirse a Alexander von Humboldt (1769-1859) la primera descripción de los pisos de vegetación en los Andes, a principios del siglo XIX. Sin embargo, Bernabé Cobo, casi dos siglos antes, ya se ocupa de ellos.

Nuestro jesuita siempre muestra un gran interés por el ambiente en el que se desarrollan la vegetación y las especies animales. Tal es así que, la mejor manera que tiene de describir los “temples”, “grados” o “andenes” de los Andes es mediante su vegetación. El relato de Bernabé Cobo es eminentemente ecológico, zoogeográfico y fitogeográfico; no realiza descripciones de las especies vegetales de cada piso, las enumera; la finalidad del jiennense es la de explicar la presencia de diferentes plantas en relación con la altitud y el clima. De manera continuada refiere los distintos pisos de vegetación, desde arriba hacia abajo, dando cuenta, en cada “temple”, del clima, vegetación, fauna y asentamientos humanos más significativos.

Es importante referir que, de la misma forma que la mayor parte de los cronistas de Indias del siglo anterior, el P. Cobo nos cuenta sus propias observaciones, no refiere noticias de otros.

Como resumen, podemos decir que en el relato del P. Cobo apreciamos un conjunto de características que destaco a continuación:

a) Caracteriza nominalmente varios pisos de vegetación: la “puna brava”, la “puna”, el “páramo”, la “medio yunca”, etc.
b) En los distintos temples da detalles climáticos referentes a la humedad y la temperatura.
c) En los temples enumera especies vegetales propias del Perú y españolas.
d) Los diferentes pisos se distinguen del precedente, según se desciende, por el desarrollo de alguna especie que no se aprecia en el piso anterior o, si lo hace, no fructifica. Así, vemos que en el segundo se dan especies vegetales que no aparecen en el primero: papas, ocas, etc.; en el tercero se ven ya especies de maíz y lino, entre otras; en el cuarto ya se observan árboles frutales “de los de España”; en el quinto se dan “árboles que requieren más calor” y el último piso ya maduran los dátiles, plátanos y melones.
e) Cada uno de los andenes o temples es perfectamente localizable por los accidentes geográficos que cita o los asentamientos humanos.
f) La enumeración de la vegetación de los andenes nos proporciona detalles muy interesantes del grado de aclimatación de las especies que llevaron los españoles.

Los biólogos españoles - Bernabé Cobo (1580-1657)

historia de la ciencia en España: Bernabé Cobo, pionero de la biogeografía
 
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Muchas gracias por el hilo, muy ameno, pero noto faltar a mi paisano Isaac Peral, que aunque no inventó el submarino, si creo el primer submarino militar, eléctrico y operativo, diferenciándose de otros anteriores. Creo que fue un gran ingeniero y que fue tratado como trata este país a su grandes hombres, rematadamente mal, creo que merece estar en hilo si fuera posible, gracias por el curro Isaac Peral - El submarino - El final de un gran proyecto - Región de Murcia Digital
 
50) Leonardo Torres Quevedo, el inventor español más importante de la historia

Leonardo Torres Quevedo nació el 28 de diciembre de 1852 en Santa Cruz de Iguña, Molledo (Cantabria). Fue un matemático, ingeniero de caminos e inventor español de finales del siglo XIX y principios del XX. Sus padres eran Luis Torres de Vildósola y Urquijo, Ingeniero de Caminos y natural de Bilbao, y Valentina Quevedo de la Maza. Su padre era ingeniero de Caminos, y cuando nació Leonardo trabajaba en la línea del Ferrocarril de Isabel II que uniría Santander y Alar del Rey, y que pasaba precisamente por Molledo.

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Obra

Aeronáutica


En 1902, Leonardo Torres Quevedo presentó en las Academias de Ciencias de Cantabria y París el proyecto de un nuevo tipo de dirigible que solucionaba el grave problema de suspensión de la barquilla al incluir un armazón interior de cables flexibles que dotaban de rigidez al dirigible por efecto de la presión interior.

En 1904, es nombrado director del Centro de Ensayos de Aeronáutica, "destinado al estudio técnico y experimental del problema de la navegación aérea y de la dirección de la maniobra de motores a distancia".

En 1905, con ayuda del capitán Alfredo Kindelán, Torres Quevedo dirige la construcción del primer dirigible español en el Servicio de Aerostación Militar del Ejército, creado en 1896 y situado en Guadalajara. Finalizan con gran éxito, y el nuevo dirigible, el España, realiza numerosos vuelos de exposición y prueba. Quizá la innovación más importante en este dirigible fue la de hacer el globo trilobulado, de modo que aumentaba la seguridad.

A raíz de este hecho empieza la colaboración entre Torres Quevedo y la empresa francesa Astra, que llegó a comprarle la patente con una cesión de derechos extendida a todos los países, excepto a España, para posibilitar la construcción del dirigible en el país. Así, en 1911, se inicia la fabricación de los dirigibles conocidos como Astra-Torres. Algunos ejemplares fueron adquiridos por los ejércitos francés e inglés a partir de 1913, y utilizados durante la I Guerra Mundial, en muy diversas tareas, fundamentalmente de protección e inspección naval.

En 1918, Torres Quevedo diseñó, en colaboración con el ingeniero Emilio Herrera Linares, un dirigible trasatlántico, al que llamaron Hispania, que llegó a alcanzar el estado de patente, con objeto de realizar desde España la primera travesía aérea del Atlántico. Por problemas de financiación el proyecto se fue retrasando y fueron los británicos John William Alcock y Arthur Whitten Brown los que atravesaron el Atlántico sin escalas desde Terranova hasta Irlanda en un bimotor biplano Vickers Vimy en 16 horas y 12 minutos.

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Torres junto a un modelo de su dirigible en 1913.

Transbordadores

La experimentación de Torres Quevedo en el área de transbordadores, funiculares o teleféricos, comenzó muy pronto durante su residencia en su pueblo natal, Molledo. Allí, en 1887, construyó en su casa el primer transbordador, al que llamó "transbordador de Portolín", para salvar un desnivel de unos 40 metros: de unos 200 metros de longitud y tracción animal, una pareja de vacas, y una silla a modo de barquilla. Este experimento fue la base para la solicitud de su primera patente, que solicitaría ese mismo año, el 17 de septiembre: un funicular aéreo de múltiples cables, con el que lograba un coeficiente de seguridad apto para el transporte de personas y no solo de cosas. Posteriormente construyó el denominado transbordador del río León, de mayor envergadura, ya con motor, pero que siguió siendo utilizado exclusivamente para transporte de materiales, no de personas.

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El Spanish Aerocar que atraviesa la Cataratas del Niágara. Concebido por Torres Quevedo, fue inaugurado en 1916 y aún hoy en día presta servicio.

Entre 1887 y 1889 solicitó el privilegio de la patente en otros países como Alemania, Francia, Reino Unido o Suiza. En 1890 presentó su transbordador en Suiza, país muy interesado en ese transporte debido a su orografía y que ya venía utilizando funiculares para el transporte de bultos, pero su proyecto fue rechazado, permitiéndose la prensa suiza ciertos comentarios irónicos. Este fue el primer estudio que se realizó para la construcción de un teleférico de montaña en el mundo, en la línea Klimsenhorn-Pilatus Kulm. Tras dicho fracaso decidió dedicarse a las máquinas algebraicas y en 1903 retomó sus proyectos, ya que el 15 de febrero de 1904 caducaba la patente. Preparó varios proyectos en San Sebastián y Zaragoza y en 1907, construyó el primer transbordador apto para el transporte público de personas, en el Monte Ulía en San Sebastián. El problema de la seguridad se había solucionado mediante un ingenioso sistema múltiple de cables-soporte, liberando los anclajes de un extremo que sustituye por contrapesos. El diseño resultante era de gran robustez y resistía perfectamente la ruptura de uno de los cables de soporte. La ejecución del proyecto corrió a cargo de la Sociedad de Estudios y Obras de Ingeniería de Bilbao, que construyó con éxito otros transbordadores en Chamonix, Río de Janeiro, etcétera.

Pero es sin duda el Spanish Aerocar en las cataratas del Niágara, en Canadá, el que le ha dado la mayor fama en esta área de actividad, aunque desde un punto de vista científico no sea la más importante. El transbordador de 550 metros de luz es un funicular aéreo casi horizontal (la diferencia de cota entre los dos extremos es de un metro) que une dos puntos diferentes de la orilla canadiense en un recodo del río Niágara conocido como El Remolino (The Whirpool). Se desplaza a unos 7.2 km/h (120m/min). La carga por cable via es de nueve toneladas, con un coeficiente de seguridad de los cables de 4.6. Se construyó entre 1914 y 1916 , siendo un proyecto español de principio a final: ideado por un español, construido por una empresa española con capital español (The Niagara Spanish Aerocar Co. Limited); una placa de bronce, situada sobre un monolito a la entrada de la estación de acceso, recuerda este hecho: «Transbordador aéreo español del Niágara. Leonardo Torres Quevedo (1852–1936)». Se inauguró en pruebas el 15 de febrero de 1916 y se inauguró oficialmente el 8 de agosto de 1916, abriéndose al público al día siguiente; el transbordador, con pequeñas modificaciones, sigue en activo hoy día, sin ningún accidente digno de mención en un siglo de servicio, constituyendo un atractivo turístico y cinematográfico de gran popularidad.

Radiocontrol: el Telekino

En 1903, Torres Quevedo presentó el Telekino en la Academia de Ciencias de París, acompañado de una memoria y haciendo una demostración experimental. En ese mismo año obtuvo la patente en Francia, España, Gran Bretaña y Estados Unidos.

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El telekino consistía en un autómata que ejecutaba órdenes transmitidas mediante ondas hertzianas; constituyó el primer aparato de radiodirección del mundo, y fue un pionero en el campo del mando a distancia, junto a Nikola Tesla.

En 7 de noviembre de 1905, en presencia de Alfonso XIII y ante una gran multitud, demostró con éxito el invento en el puerto de Bilbao al guiar un bote desde la orilla; más tarde intentaría aplicar el telekino a proyectiles y torpedos, pero tuvo que abandonar el proyecto por falta de financiación.

Máquinas analógicas de cálculo

Las máquinas analógicas de cálculo buscan la solución de ecuaciones matemáticas mediante su traslado a fenómenos físicos. Los números se representan por magnitudes físicas, que pueden ser rotaciones de determinados ejes, potenciales, estados eléctricos o electromagnéticos, etcétera. Un proceso matemático se transforma en estas máquinas en un proceso operativo de ciertas magnitudes físicas que conduce a un resultado físico que se corresponde con la solución matemática buscada. El problema matemático se resuelve pues mediante un modelo físico del mismo. Desde mediados del siglo XIX se conocían diversos artilugios de índole mecánica, como integradores, multiplicadores, etc., por no hablar de la máquina analítica de Charles Babbage; en esta tradición se enmarca la obra de Torres Quevedo en esta materia, que se inicia en 1893 con la presentación en la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la Memoria sobre las máquinas algébraicas. En su tiempo, esto fue considerado como un suceso extraordinario en el curso de la producción científica española.

En el terreno práctico, Torres Quevedo construyó toda una serie de máquinas analógicas de cálculo, todas ellas de tipo mecánico. Una de ellas es El Ajedrecista, presentado en la feria de París de 1914 y considerado el primer videojuego de la historia. En estas máquinas existen ciertos elementos, denominados aritmóforos, que están constituidos por un móvil y un índice que permite leer la cantidad representada para cada posición del mismo. El móvil es un disco o un tambor graduado que gira en torno a su eje. Los desplazamientos angulares son proporcionales a los logaritmos de las magnitudes a representar.

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Utilizando una diversidad de elementos de este tipo, pone a punto una máquina para resolver ecuaciones algebraicas: resolución de una ecuación de ocho términos, obteniendo sus raíces, incluso las complejas, con una precisión de milésimas. Un componente de dicha máquina era el denominado «husillo sin fin», de gran complejidad mecánica, que permitía expresar mecánicamente la relación y=log(10^x+1), con el objetivo de obtener el logaritmo de una suma como suma de logaritmos. Como se trataba de una máquina analógica, la variable puede recorrer cualquier valor (no sólo valores discretos prefijados). Ante una ecuación polinómica, al girar todas las ruedas representativas de la incógnita, el resultado final va dando los valores de la suma de los términos variables, cuando esta suma coincida con el valor del segundo miembro, la rueda de la incógnita marca una raíz.

Con propósitos de demostración, Torres Quevedo también construyó una máquina para resolver una ecuación de segundo grado con coeficientes complejos, y un integrador. En la actualidad la máquina Torres Quevedo se conserva en el museo de la ETS de Ingenieros de Caminos de la Universidad Politécnica de Madrid.

Un nuevo enfoque: las máquinas electromecánicas de cálculo

Una nueva teoría, la automática

En sus Ensayos sobre automática publicados por primera vez en 1914, Torres Quevedo formula lo que será en adelante una nueva rama de la ingeniería, la automática.

Se encuentran en las descripciones de máquinas ejemplos muy numerosos de estas intervenciones bruscas; pero es evidente que el estudio de esta forma de la automatización no pertenece a la cinemática. Así es que nunca se ha estudiado sistemáticamente, que yo sepa. Esa deficiencia debería corregirse agregando a la teoría de las máquinas una sección especial, la automática, que examinara los procedimientos que pueden aplicarse a la construcción de autómatas dotados de una vida de relación más o menos complicada.

Con el desarrollo del Telekino, Torres Quevedo llegó a la conclusión de que con él no sólo había fabricado el primer control remoto de la historia, sino que esta máquina, era en sí un autómata, es decir, una máquina que podía funcionar de forma autónoma ejecutando acciones respondiendo a órdenes y en función de ciertas circunstancias de su entorno.

El estudio del telekino, fue el que me encaminó en esta nueva dirección. El telekino es, en suma, un autómata que ejecuta las órdenes que le son enviadas por medio de la telegrafía sin hilos. Además, para interpretar las órdenes y obrar en cada momento en la forma que se desea, debe tener en consideración varias circunstancias. Su vida de relación es, pues, bastante complicada.

Es esta nueva teoría la que aplicó en la creación de su Ajedrecista.

El aritmómetro electromecánico, el primer computador

Partiendo de esta conclusión, Torres explotó las posibilidades que le brindaba esta nueva rama de la teoría de las máquinas y la aplicó al desarrollo de máquinas de cálculo. Gracias a ello, pudo salvar las numerosas dificultades que hasta entonces había planteado la creación de estas máquinas por métodos exclusivamente mecánicos, y donde Charles Babbage había fracasado, no por falta de medios o talento, él logró resultados satisfactorios.

Fue necesario el genio mecánico de Babbage para afrontarlo, y, sin embargo, aunque durante largos años de ímprobo trabajo le dedicó por entero su gran inteligencia, aunque gastó a manos llenas en estos estudios su dinero y el de su país, no obtuvo ningún resultado satisfactorio.[...] Pero a pesar de sus grandes méritos, indiscutibles e indiscutidos; a pesar de su inteligencia, su entusiasmo y su constancia, fracasó. Sus dibujos y sus modelos se conservan en el museo de Kensington; pero es de temer que jamás sean útiles para nadie.

En estos Ensayos sobre automática, Torres desarrolla la teoría de lo que posteriormente será su aritmómetro: una máquina electromecánica capaz de realizar cálculos de forma autónoma con un dispositivo de entrada de comandos (una máquina de escribir), una unidad de procesamiento y registros de valores (un sistema de listones, poleas, agujas, escobillas, electroimanes y conmutadores), y un dispositivo de salida (de nuevo una máquina de escribir). Es en definitiva lo que «debería consagrar internacionalmente a nuestro ingeniero como el inventor del primer ordenador en el sentido actual de la historia».

Ya en este texto, Torres Quevedo describe no sólo la idea de una máquina de funcionamiento secuencial para realizar los cálculos, sino la aritmética en coma flotante, gracias a la cual se pueden manejar en los cálculos números muy grandes, en lo que constituye la primera aparición de la idea de la aritmética en coma flotante de la historia.

El enfoque filosófico: ¿pueden las máquinas desempeñar tareas propias de los humanos?

Con la obra mencionada, Leonardo Torres Quevedo sienta las bases de lo que más adelante se daría en llamar inteligencia artificial y describe cómo las máquinas pueden ser construidas para desempeñar más tareas que únicamente aquellas para las que no es necesario 'pensar'.

[...] se cree que [...] las operaciones que exigen la intervención de las facultades mentales nunca se podrán ejecutar mecánicamente. [...] Intentaré demostrar en esta nota -desde un punto de vista puramente teórico- que siempre es posible construir un autómata cuyos actos, todos, dependan de ciertas circunstancias más o menos numerosas, obedeciendo a reglas que se pueden imponer arbitrariamente en el momento de la construcción. Evidentemente, estas reglas deberán ser tales que basten para determinar en cualquier momento, sin ninguna incertidumbre, la conducta del autómata.

En una entrevista a Torres Quevedo realizada por la revista Scientific American en 1915, Torres Quevedo afirma que al menos en teoría casi todas las operaciones de una vasta gama de ellas podrían ser realizadas por una máquina, incluso aquellas de las que se supone que precisan la intervención de una considerable capacidad intelectual.

El texto de Ensayos sobre automática por otra parte se adelanta a la formulación del experimento de la 'habitación china' de John Searle. La afirmación de Descartes de que un autómata jamás sería capaz de mantener un diálogo razonable, nunca mencionada por Alan Turing, es ya discutida por Torres Quevedo al afirmar que:

No hay entre los dos casos la diferencia que veía Descartes. Pensó sin duda que el autómata, para responder razonablemente, tendría necesidad de hacer él mismo un razonamiento, mientras que en este caso, como en todos los otros, sería su constructor quien pensara por él de antemano. Creo haber mostrado, con todo lo que precede, que se puede concebir fácilmente para un autómata la posibilidad teórica de determinar su acción en un momento dado, pesando todas las circunstancias que debe tomar en consideración para realizar el trabajo que se le ha encomendado.

Con todo ello, Torres Quevedo se adelanta varias décadas a los teóricos de las Ciencias de la Computación del siglo XX como Alan Turing o Konrad Zuse entre otros.

Inventos pedagógicos

En los últimos años de su vida Torres Quevedo dirigió su atención al campo de la pedagogía, a investigar aquellos elementos o máquinas que podrían ayudar a los educadores en su tarea. Patentes sobre las máquinas de escribir (patentes n.º 80121, 82369, 86155 y 87428), paginación marginal de los manuales (patentes n.º 99176 y 99177) y las del puntero proyectable (patente n.º 116770) y el proyector didáctico (patente n.º 117853).

El puntero proyectable, también conocido como puntero láser se basa en la sombra producida por un cuerpo opaco que se mueve cerca de la placa proyectada, esta sombra es la que utilizaría como puntero. Para ello diseñó un sistema articulado que permitía desplazar, a voluntad del ponente, un punto o puntos al lado de la placa de proyección, lo que permitía señalar las zonas de interés en la transparencia. Torres Quevedo expresa así la necesidad de este invento: «Bien conocidas son las dificultades con las que tropieza un profesor para ilustrar su discurso, valiéndose de proyecciones luminosas. Necesita colocarse frente a la pantalla cuidando de no ocultar la figura proyectada para llamar la atención de sus alumnos sobre los detalles que más les interesan y enseñárselos con un puntero».

También construyó un proyector didáctico que mejoraba la forma en la que las diapositivas se colocaban sobre las placas de vidrio para proyectarlas.

Principales Patentes

Título de la patentenúmero de patenteFecha
Un procedimiento mecánico de señales para orientarse en las poblaciones, que denomino Indicadores Coordenados.2704206-02-1901
Un sistema de camino funicular aéreo de alambres múltiples.734817/09/1887
Un sistema denominado "Telekine" para gobernar a distancia un movimiento mecánico.3191810/06/1903
Un sistema denominado "Telekine" para gobernar a distancia un movimiento mecánico.3304121/12/1903
Un nuevo sistema de globos fusiformes.3869211/07/1906
Un nuevo procedimiento destinado a copiar sin necesidad de acudir a la taquigrafía un discurso cualquiera a medida que se pronuncia.3979803/01/1907
Un nuevo sistema de globos fusiformes.4495620/02/1909
Un nuevo tipo de buque denominado "buque-campamento".5613931/07/1913
Globos fusiformes deformables.5762202/03/1914
Enganche y freno automáticos para transbordadores aéreos.5962722/01/1915
Un proyector didáctico.11785325/04/1930
Puntero proyectable.11677006/02/1930
Un nuevo procedimiento de paginación marginal de libros.9917616/08/1926
Una máquina especialmente construida para disponer la paginación marginal de toda clase de libros.9917716/08/1926
Un perfeccionamiento de las máquinas de escribir.8742822/11/1923
Perfeccionamientos en las máquinas de escribir.8615513/07/1923
Perfeccionamientos en las máquinas de escribir.8236926/07/1922
Perfeccionamientos en las máquinas de escribir.8012102/12/1921

http://www.itefi.csic.es/es/content/biografia-leonardo-torres-quevedo

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51) Manuel Daza y su arma secreta

Poco es lo que se recuerda hoy de Don Manuel Daza Gómez. La extrema situación de crisis que la guerra con los Estados Unidos llevó a España en 1898, hace que sus patentes queden escondidas en la Oficina Española de Patentes y Marcas, para ceder el protagonismo a una de sus ideas que nunca consiguió patente, ni gloria ni utilidad, aunque durante algún tiempo hizo crecer la esperanza en que podía convertirse la de color situación en algo muy diferente. La preocupación por que los estadounidenses no se limitaran a conquistar Cuba, Puerto Rico o Filipinas hacía que se pensara en algo aterrador. Ya se veían aparecer en el horizonte buques de guerra con la misión de bombardear puertos y ciudades en las Islas Canarias o en la península. Cualquiera que planteara un modo efectivo de defensa sería bienvenido, con lo que la propuesta de Daza acerca de cierta arma secreta con potencia destructiva nunca vista, encontró eco en la prensa y las conversaciones durante un tiempo.

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Manuel Daza Gómez, inventor nacido en Alhama de Murcia en 1853, ya era conocido en el 98 por sus ingeniosas propuestas a la hora de aplicar la electricidad en todo tipo de máquinas. Su sistema para excavar pozos o su taladradora eléctrica, hacían de este personaje alguien de prestigio, llegando a ser miembro de la Academia de Inventores de París. Pero ninguna de sus invenciones llamó la atención del público tanto como una que nadie había visto, el Toxpiro, tal y como fue conocido, el fuego venenoso, la venganza española, una supuesta máquina infernal capaz de disparar proyectiles explosivos a gran distancia. En teoría, un barco o puerto equipados con un lanzador de proyectiles-torpedo Toxpiro, podían terminar con toda una flamante flota de barcos de guerra americanos. La excitación ante esta solución “milagrosa” crecía por momentos, pues el anuncio de conversaciones entre Manuel Daza y el gobierno hacían pensar que el ejército adoptaría el Toxpiro en su arsenal. Sea como fuere, el zaino panorama general hizo que tal excitación fuera moderada por grandes dosis de escepticismo. Veamos, por ejemplo, qué podía leerse en la edición de 20 de Julio de 1898 de la revista Nuevo Mundo

…la opinión acoge con ansiedad toda especie que tienda a mejorar la situación de la patria. La presencia de Don Manuel Daza, inventor del Toxpiro, en Madrid, y su presentación en los centros oficiales, despertó el sentimiento popular que sueña con un desquite, con un descalabro de las fuerzas enemigas, que aminore el duelo que nos han producido los combates navales en que han desaparecido los barcos españoles.
Impresionables con exceso, la prensa dio a la publicidad noticias exageradas, y el país sufrió una gran conmoción, siguiendo con vivo interés los pasos del inventor del Toxpiro, que si diese buenos resultados en las pruebas, serviría para defender las costas de la Península. Nosotros visitamos al Señor Daza, a quien acompañaban amigos íntimos, y le encontramos reservado y tranquilo.
–No he autorizado a nadie –nos dijo– para publicar noticias de mi invento, porque entiendo que no es labor patriótica la de exagerar sus efectos. He venido a solicitar el apoyo oficial, porque creo que puedo prestar un servicio señalado a España. Si hubiera querido hacer las experiencias públicas, sin el apoyo del Gobierno, me sobraban elementos. Son muchas las ofertas que en los últimos meses he recibido y he rechazado. Las experiencias que durante largo tiempo he verificado, con la mayor reserva, me satisfacen en absoluto. Veremos si la comisión técnica aprueba mi memoria, y después confiaremos en el porvenir.
Las palabras del Señor Daza no son las de un fanático, son las de un hombre sereno que abriga la seguridad de ser útil a su patria.
Como puede comprenderse, el público y los medios de la época estaban deseando saber si las conversaciones con el gobierno iban por buen camino. La Comisión designada por el ministro de Marina revisó la documentación técnica presentada por Daza, dictaminando que parecían existir algunas deficiencias que, en su opinión, hacían muy complicado producir un sistema de cohetes-torpedo del tipo ideado por el audaz inventor. Finalmente, se decidió que Daza se trasladara a Cartagena, en concreto a la escuela de torpedos, para llevar allí a cabo una prueba práctica del Toxpiro.

¿Qué sucedió con la esperada prueba? No está muy claro si la idea era demasiado compleja para llevarla a la práctica o si, por el contrario, los conflictos por mantener en secreto el diseño del Toxpiro entre Daza y el ejército hicieron que se rompiera la relación. Es conocido que de Cartagena no salió nada bueno, las pruebas no llegaron a nada y, poco a poco, la venganza en forma de arma secreta fue olvidándose. Antes de ser obviado por todos, todavía se mantuvo el asunto en el candelero durante unos meses, pero si anteriormente era motivo de elogio y de esperanza, ahora lo era por pura guasa. Daza pasó así a convertirse en objetivo de chistes y su Toxpiro tornó en sinónimo de cacharro chapucero. Afortunadamente, no apareció flota alguna para bombardear suelo español y el eco del ingenio de Daza, que tantos inventos había alumbrado, sólo quedó en los papeles de la época y en alguna cita literaria, como en la novela La Voluntad de Azorín.

El asombroso Toxpiro

¿Cómo era el Toxpiro? ¿Qué hacía de su diseño algo novedoso? Para imaginar cómo pudo haber sido un prototipo real del Toxpiro, nada mejor que acudir a una fuente de la época, en este caso se trata de Electrón, en su edición del 20 de Junio de 1898…


Si los norteamericanos cuentan con los inventos de Edison para sembrar el espanto en nuestros ejércitos, nosotros a nuestra vez contamos con un inventor que le da tres y raya al electricista yanki. Ignoramos si se trata de un explosivo simplemente, ó de alguna máquina infernal. El invento ha sido denominado Toxpiro por el Sr. Daza, que así se llama el inventor, y según los periódicos echará muy pronto por tierra todas las armas actualmente conocidas. El Toxpiro, a decir de un colega de Albacete, alcanza más que los mejores cañones, apunta mejor que todos ellos, no pesa nada, el coste es tan insignificante que es casi ridículo hablar de gastos, un solo hombre puede lanzar tres o cuatro proyectiles por minuto y llevar a cuestas los aparatos para disparar los explosivos. Estos destruyen tanto como los torpedos y se pueden fabricar en un mes muchos millares. Por si algo faltaba al invento, éste ha sido elogiado por toda la prensa política de Madrid.
Ante tantas ventajas, cabe preguntarse si las pruebas del invento dieron algún resultado. Dado el secreto con el que se llevó el tema, no es mucho lo que se sabe a ciencia cierta. Un testigo afirmó en la prensa haber estado presente, en la Pirotecnia Militar de Sevilla, ante un prototipo de Toxpiro allí construido:

…no se hicieron esperar en los talleres los croquis para la construcción y como no se había visto ni se vio nunca, ni creo que vio nadie en aquel establecimiento el plano general, y tanto la forma como estructura de las piezas no tenían símil alguno con los artificios de guerra conocidos, la gente se echó a cavilar y dio por artículo de fe que se trataba de un invento que tenía por objeto aprovechar el aire como fuerza motriz. Daban margen a esta idea, entre otras piezas del aparato, una volandera de cuatro aspas selenoidales y el número de atmósferas, verdaderamente enorme, que el inventor se prometía obtener. (…) La marcha del cohete tiene una velocidad progresiva, al contrario de lo que sucede con los proyectiles de cañón; razón de esto son las distintas condiciones en que se efectúa la combustión de la carga de proyección, por lo que aventuro a creer que tiene el cohete más alcance que un cañón. (…) A mi modo de ver, el cohete del Sr. Daza, para un combate naval, tiene las ventajas de los torpedos sin los inconvenientes de éstos.
A la vista de tal descripción, ¿podría considerarse a Daza como un adelantado a su tiempo y pionero de los actuales misiles?

Manuel Daza y su arma secreta – Tecnología Obsoleta
El 'toxpiro', un arma secreta murciana
 

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Volvemos con otro español ilustre...

52) José Echegaray y Eizaguirre, el mayor matemático español del s.XIX y ganador del Premio Nobel

José Echegaray y Eizaguirre (Madrid, 1832 – ibíd., 1916) Fue un ingeniero, dramaturgo, político y matemático español, hermano del comediógrafo Miguel Echegaray.

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Fue un polifacético personaje de la España de finales del siglo XIX, con excelentes resultados en todas las áreas en las que se involucró. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1904, y desarrolló varios proyectos en ejercicio de las carteras ministeriales de Hacienda y Fomento. Realizó importantes aportaciones a las matemáticas y a la física. Introdujo en España la geometría de Chasles, la teoría de Galois y las funciones elípticas. Está considerado como el más grande matemático español del siglo xix. Julio Rey Pastor afirmaba: «Para la matemática española, el siglo XIX comienza en 1865 y comienza con Echegaray».

Biografía

Nació en Madrid el 19 de abril de 1832. Su padre, médico y profesor de instituto, era de Aragón y su progenitora de Navarra. Pasó su infancia en Murcia, donde realizó los estudios correspondientes a la enseñanza primaria. Fue allí, en el Instituto de Segunda Enseñanza de Murcia, donde comenzó su afición por las matemáticas. «Obtenido el grado de bachiller», se trasladó a Madrid y tras conseguir el título en el Instituto San Isidro, ingresó en 1848 en la primitiva Escuela de Caminos. Cumplidos los veinte, salió de la Escuela de Madrid con el título de Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, que había obtenido con el número uno de su promoción, y se tuvo que desplazar a Almería y Granada para incorporarse a su primer trabajo.

En su juventud leía a Goethe, Homero y Balzac, lecturas que alternaba con las de matemáticos como Gauss, Legendre y Lagrange.
José Echegaray mantuvo una gran actividad hasta su gloria, ocurrida el 14 de septiembre de 1916 en Madrid. Su extensa obra no dejó de crecer en la vejez: en la etapa final de su vida escribió 25 o 30 tomos de Física matemática. Con 83 años comentaba:
No puedo morirme, porque si he de escribir mi Enciclopedia elemental de Física matemática, necesito por lo menos 25 años.
Profesor y científico

En 1854 comenzó a dar clase en la Escuela de Ingenieros de Caminos haciéndose cargo de la secretaría de la misma. Allí dio clases de matemáticas, estereotomía, hidráulica, geometría descriptiva, cálculo diferencial y física desde ese año hasta 1868. De 1858 a 1860 también fue profesor de la Escuela de Ayudantes de Obras Públicas.

Diez años más tarde, cuando contaba treinta y dos años de edad, fue elegido miembro de la Real Academia de las Ciencias Exactas. El discurso de ingreso, titulado Historia de las matemáticas puras en nuestra España, en el que hizo un balance, exageradamente negativo y con determinadas lagunas, de la matemática española a través de la historia y en el que defendía la «ciencia básica» frente a la «ciencia práctica», fue fuente de una gran polémica, tal como indican los periodistas Luis Antón del Olmet y Arturo García Carraffa en su libro Echegaray:

Y como el discurso resultara áspero, crudo y hasta agresivo, produjo, a pesar de las felicitaciones y elogios de rúbrica, pésimo efecto en algunos centros y colectividades... Muchos periódicos combatieron su discurso. Los revolucionarios atacaron sus tendencias liberales; los liberales le acusaron de maltratar a la Ciencia Española y la polémica fue ruda porque D. José contestó a todos en el mismo tono que había empleado en su discurso.

Fue varias veces ministro (de Fomento y de Hacienda), figura prominente en la creación -con, esencialmente, las funciones que hoy desempeña- del Banco de España, académico de la Española y de Ciencias (me gusta recordar, con pesar unas frases, ciertamente muy “literarias”, que pronunció al tomar posesión, el 11 de marzo de 1866, de su puesto en esta corporación: “la ciencia matemática nada nos debe: no es nuestra; no hay en ella nombre alguno que labios castellanos puedan pronunciar sin esfuerzo”), ateneísta distinguido, presidente del Ateneo de Madrid, del Consejo de Instrucción Pública, de la Junta del Catastro, de la Real Academia de Ciencias, de la Sociedad Española de Física y Química, de la Sociedad Matemática Española, de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, catedrático de Física Matemática en la Universidad Central, diputado, senador vitalicio, director-gerente y luego presidente de la Compañía Arrendataria de Tabacos, Caballero de la Orden del Toisón de Oro, Gran Cruz de Alfonso XII, son títulos que ningún otro español, de su época, de antes o de después, ha conseguido reunir.

“El drama más desdichado proporciona mucho más dinero que el más alto problema de cálculo integral”

En sus entretenidos Recuerdos, que preparó en sus últimos años (se publicaron en 1917), Echegaray explicó cuál había sido su gran amor intelectual: “Las Matemáticas fueron, y son, una de las grandes preocupaciones de mi vida; y si yo hubiera sido rico o lo fuera hoy, si no tuviera que ganar el pan de cada día con el trabajo diario, probablemente me hubiera marchado a una casa de campo muy alegre y muy confortable, y me hubiera dedicado exclusivamente al cultivo de las Ciencias Matemáticas. Ni más dramas, ni más argumentos terribles, ni más adulterios, ni más suicidios, ni más duelos, ni más pasiones desencadenadas, ni, sobre todo, más críticos; otras incógnitas y otras ecuaciones me hubieran preocupado. Pero el cultivo de las Altas Matemáticas no da lo bastante para vivir. El drama más desdichado, el crimen teatral más modesto, proporciona mucho más dinero que el más alto problema de cálculo integral; y la obligación es antes que la devoción, y la realidad se impone, y hay que dejar las Matemáticas para ir rellenando con ellas los huecos de descanso que el trabajo productivo deja de tiempo en tiempo. Jamás, ni en las épocas más agitadas de mi vida, he abandonado la ciencia de mi predilección; pero nunca me he dedicado a ella como quisiera”.
Duele leer declaraciones como estas, que, dejando al lado el aspecto -en absoluto desdeñable- económico, se pueden extender todavía hoy al reconocimiento público que España otorga a los que se dedican a la ciencia, frente a escritores, comentaristas de todo tipo, artistas, deportistas, políticos o banqueros, y no estoy pensando en “los grandes” de estas profesiones, sino en tantos otros que no merecen semejante fama… y réditos.

Decía antes que Echegaray es considerado el mejor matemático español del siglo XIX: “Para la Matemática española, el siglo XIX comienza en 1865, y comienza con Echegaray”, declaró en 1915 quien hasta no hace demasiado fue, probablemente, el mejor matemático español, Julio Rey Pastor. Ahora bien, que fuese el mejor matemático español del Ochocientos no significa – y este fue el gran drama, no sólo de la matemática sino también de las ciencias físico-químicas españolas- que aportase algo original a la matemática: lo que se le debe es la introducción en España de algunas teorías, como la de Galois, que habían abierto nuevas fronteras en la matemática.

Cuando recibió el Premio Nobel, el Gobierno, sabedor de cuáles eran sus verdaderos intereses, le concedió algo que se ajustaba a sus deseos mucho mejor que otras regalías: la cátedra de Física Matemática de la Universidad de Madrid. Y desde el año académico 1905-1906 hasta el 1914-1915, dictó un curso de Física Matemática, que constituyó el esfuerzo docente más importante realizado jamás en esa importante materia en España. Publicado en diez volúmenes, su contenido ocupa 4.412 páginas. Fue, es cierto, un monumento a la física del siglo XIX (especialmente a la de inspiración francesa), a una física que pretendió dar acomodo en su estructura y principios a la avalancha de nuevos fenómenos que desde finales del XIX se venían observando, pero que, finalmente, perdió la partida, clara e irrevocablemente, frente a una física nueva, la de la relatividad y la mecánica cuántica. Pero fue un noble y ejemplar esfuerzo de un hombre ya anciano.

Obra científica

En su carrera como científico y profesor publicó muchas obras sobre física y matemáticas. Algunas de ellas, publicadas en su primera etapa, son las siguientes (si bien Echegaray estuvo escribiendo hasta el final de sus días):
  • Cálculo de variaciones (1858), que era casi desconocido en España.
  • Problemas de geometría plana (Madrid, Bailly-Baillere, 1865).
  • Problemas de geometría analítica (1865), calificada de obra maestra por Zoel García de Galdeano.
  • Teorías modernas de la física (1867).
  • Introducción a la geometría superior (1867), exponiendo la geometría de Michel Chasles.
  • Memoria sobre la teoría de los determinantes (1868), primera obra en España sobre el tema.
  • Tratado elemental de termodinámica (1868), breve ensayo sobre una ciencia que estaba naciendo entonces.
  • Resolución de ecuaciones y teoría de Galois: lecciones explicadas en el Ateneo de Madrid(Madrid, J.A. García, 1897).
En la literatura

En 1865, comenzó su actividad literaria con La hija natural aunque no llegó a estrenarla en esa época. Luego, en 1874, escribió El libro talonario, considerada el comienzo de su producción como dramaturgo. Estrenó 67 obras de teatro, 34 de ellas en verso, con gran éxito entre el público de la época, aunque desprovistas de valores literarios para la crítica posterior. En 1896 fue elegido miembro de la Real Academia Española.En su primera época sus obras estaban inmersas en la melancolía romántica, muy propia de la época, pero más adelante adquirió un tono más social con una evidente influencia del noruego Henrik Ibsen.

En 1904, Echegaray compartió el Premio Nobel de Literatura con el poeta provenzal Frédéric Mistral, convirtiéndose así en el primer español en recibir un premio Nobel. El premio le fue entregado en Madrid, el 18 de marzo de 1905, por el rey y la comisión sueca organizadora. La concesión del Nobel de Literatura escandalizó a las vanguardias literarias españolas y, en particular, a los escritores de la generación del 98. En ese tiempo Echegaray no era considerado un dramaturgo excepcional y su obra era criticada muy duramente por escritores de tanto relieve como Clarín o Emilia Pardo Bazán, aunque de un modo no siempre consecuente. En el propio Clarín pueden leerse críticas elogiosas. Él mismo mantuvo siempre una actitud distante con sus obras, no obstante contaba con la admiración de autores como Bernard Shaw o Pirandello. Pero Echegaray tenía un gran prestigio en la España de principios del siglo XX, un prestigio que alcanzaba los campos de la literatura, la ciencia y la política y una asentada fama en la Europa de su tiempo. Sus obras triunfaron en ciudades como Londres, París, Berlín y Estocolmo.

Fue presidente del Ateneo de Madrid (1898-1899); presidente de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles durante el periodo 1903 a 1908; miembro de la Real Academia Española donde ocupó el sillón "e" minúscula entre 1894 y 1916; senador vitalicio (1900) y dos veces presidente de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (1894–1896 y 1901–1916); primer presidente de la Sociedad Española de Física y Química, creada en 1903; catedrático de Física matemática de la Universidad Central de Madrid (1905); presidente de la sección de Matemáticas de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias (1908); y primer presidente de la Sociedad Matemática Española (1911). En 1907, a propuesta de Ramón y Cajal, la Academia de Ciencias creó la Medalla Echegaray y se le concedió a José Echegaray la primera de ellas.

José de Echegaray y Eizaguirre | Real Academia de la Historia

José Echegaray, el científico – El Cultural

José Echegaray, nobel de literatura olvidado, dramaturgo y «viejo petulante»
 
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