Es más difícil de lo que parece. Los aparatos que se usan actualmente para graduar no pueden distinguir la miopía verdadera de la falsa. Si la lente para la miopía corrige los excesos de potencia, también permite ver de lejos al que sufre exceso de acomodación. Y para mayor dificultad, el exceso de acomodación ocurre más en miopes “de verdad”.
Entonces, si tenemos unos síntomas superponibles a la miopía, los aparatos de graduación nos lo informan como miopía, se corrige igual que la miopía, y encima se da sobre todo en miopes (por lo que se solapan ambas anomalías en la misma persona), ¿cómo diferenciar una cosa de la otra?. Pues con dificultades.
Podemos sospecharlo cuando la miopía oscila demasiado. Cuando estuvimos hablando de la miopía decíamos que hay miopía progresiva, normalmente de bastantes dioptrías, que va aumentando a lo largo de la vida. Sin embargo lo habitual es que la miopía de poca graduación no aumente después de los veintitantos. Y lo que es más raro todavía es que la miopía disminuya.
El exceso de acomodación se asocia a estar mucho tiempo al día enfocando de cerca. Podemos decir que si al músculo de la acomodación lo tenemos trabajando muchas horas, luego no se relaja bien. Es parecido a una contractura muscular por demasiado trabajo. Así, incrementos de miopía relativamente rápidos, fuera de la infancia y adolescencia, asociados a trabajo intensivo de cerca, tienen que hacernos sospechar.
La manera definitiva de diagnosticarlo es con unos colirios especiales, que paralizan transitoriamente el músculo de la acomodación. Eso significa que durante unas horas el paciente verá mal de cerca, pero también estamos solucionando (transitoriamente de momento) el exceso de acomodación. Una vez bajo los efectos de estas gotas, volvemos a medir la graduación. Si la “miopía” que aparecía antes ahora ha desaparecido, era un exceso de acomodación.